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Perros, guacamayos, ovejas y un unicornio aparecen una y otra vez, entre ruinas domésticas y paisajes un poco fuera de lugar. No son decorado: son testigos. El cuerpo cansado de una perra llamada Venus, una oveja que espera el amanecer, un unicornio de bronce intervenido a mano. Los animales custodian lo que la biografía no logra decir del todo.

Lía Marrone
Buenos Aires, 2025
Lía arma constelaciones de escenas mínimas: un exhibidor de golosinas convertido en políptico, una farmacia, un hombre en el baño, una perra que duerme en el piso. Fragmentos de una vida que podría ser la suya o la de un personaje que inventó para sobrevivir al paso del tiempo. Cada cuadro parece una viñeta arrancada de un diario íntimo que se niega a ser lineal.

Lía Marrone
Buenos Aires, 2025
En las obras de Lía Marrone, los objetos familiares se amontonan en estantes como si no aceptaran su destino de reliquia. Timbres, cascanueces, frascos y pesas de bronce conviven con pequeñas pinturas donde un pájaro naranja posa frente a un microscopio. La escena es doméstica, pero también es laboratorio: ahí se prueba cuánto puede durar un recuerdo antes de volverse mito.

Lía Marrone
Buenos Aires, 2025
En los papeles de Lía, los restos de la vida cotidiana funcionan como escenarios: un auto abandonado, un colchón matrimonial tirado entre plantas, muebles dejados en la vereda. Más que denuncia, hay una especie de arqueología afectiva: lo que quedó afuera de la casa, afuera del cuadro familiar, vuelve en forma de paisaje persistente.

Lía Marrone
Buenos Aires, 2025
Perros, guacamayos, ovejas y un unicornio aparecen una y otra vez, entre ruinas domésticas y paisajes un poco fuera de lugar. No son decorado: son testigos. El cuerpo cansado de una perra llamada Venus, una oveja que espera el amanecer, un unicornio de bronce intervenido a mano. Los animales custodian lo que la biografía no logra decir del todo.

Lía Marrone
Buenos Aires, 2025
Lía arma constelaciones de escenas mínimas: un exhibidor de golosinas convertido en políptico, una farmacia, un hombre en el baño, una perra que duerme en el piso. Fragmentos de una vida que podría ser la suya o la de un personaje que inventó para sobrevivir al paso del tiempo. Cada cuadro parece una viñeta arrancada de un diario íntimo que se niega a ser lineal.

Lía Marrone
Buenos Aires, 2025
En las obras de Lía Marrone, los objetos familiares se amontonan en estantes como si no aceptaran su destino de reliquia. Timbres, cascanueces, frascos y pesas de bronce conviven con pequeñas pinturas donde un pájaro naranja posa frente a un microscopio. La escena es doméstica, pero también es laboratorio: ahí se prueba cuánto puede durar un recuerdo antes de volverse mito.

Lía Marrone
Buenos Aires, 2025
En los papeles de Lía, los restos de la vida cotidiana funcionan como escenarios: un auto abandonado, un colchón matrimonial tirado entre plantas, muebles dejados en la vereda. Más que denuncia, hay una especie de arqueología afectiva: lo que quedó afuera de la casa, afuera del cuadro familiar, vuelve en forma de paisaje persistente.

Lía Marrone
Buenos Aires, 2025
Perros, guacamayos, ovejas y un unicornio aparecen una y otra vez, entre ruinas domésticas y paisajes un poco fuera de lugar. No son decorado: son testigos. El cuerpo cansado de una perra llamada Venus, una oveja que espera el amanecer, un unicornio de bronce intervenido a mano. Los animales custodian lo que la biografía no logra decir del todo.

Lía Marrone
Buenos Aires, 2025
Lía arma constelaciones de escenas mínimas: un exhibidor de golosinas convertido en políptico, una farmacia, un hombre en el baño, una perra que duerme en el piso. Fragmentos de una vida que podría ser la suya o la de un personaje que inventó para sobrevivir al paso del tiempo. Cada cuadro parece una viñeta arrancada de un diario íntimo que se niega a ser lineal.

Lía Marrone
Buenos Aires, 2025
En las obras de Lía Marrone, los objetos familiares se amontonan en estantes como si no aceptaran su destino de reliquia. Timbres, cascanueces, frascos y pesas de bronce conviven con pequeñas pinturas donde un pájaro naranja posa frente a un microscopio. La escena es doméstica, pero también es laboratorio: ahí se prueba cuánto puede durar un recuerdo antes de volverse mito.

Lía Marrone
Buenos Aires, 2025
En los papeles de Lía, los restos de la vida cotidiana funcionan como escenarios: un auto abandonado, un colchón matrimonial tirado entre plantas, muebles dejados en la vereda. Más que denuncia, hay una especie de arqueología afectiva: lo que quedó afuera de la casa, afuera del cuadro familiar, vuelve en forma de paisaje persistente.

Lía Marrone
Buenos Aires, 2025
Perros, guacamayos, ovejas y un unicornio aparecen una y otra vez, entre ruinas domésticas y paisajes un poco fuera de lugar. No son decorado: son testigos. El cuerpo cansado de una perra llamada Venus, una oveja que espera el amanecer, un unicornio de bronce intervenido a mano. Los animales custodian lo que la biografía no logra decir del todo.

Lía Marrone
Buenos Aires, 2025
Lía arma constelaciones de escenas mínimas: un exhibidor de golosinas convertido en políptico, una farmacia, un hombre en el baño, una perra que duerme en el piso. Fragmentos de una vida que podría ser la suya o la de un personaje que inventó para sobrevivir al paso del tiempo. Cada cuadro parece una viñeta arrancada de un diario íntimo que se niega a ser lineal.

Lía Marrone
Buenos Aires, 2025
En las obras de Lía Marrone, los objetos familiares se amontonan en estantes como si no aceptaran su destino de reliquia. Timbres, cascanueces, frascos y pesas de bronce conviven con pequeñas pinturas donde un pájaro naranja posa frente a un microscopio. La escena es doméstica, pero también es laboratorio: ahí se prueba cuánto puede durar un recuerdo antes de volverse mito.

Lía Marrone
Buenos Aires, 2025
En los papeles de Lía, los restos de la vida cotidiana funcionan como escenarios: un auto abandonado, un colchón matrimonial tirado entre plantas, muebles dejados en la vereda. Más que denuncia, hay una especie de arqueología afectiva: lo que quedó afuera de la casa, afuera del cuadro familiar, vuelve en forma de paisaje persistente.

Lía Marrone
Buenos Aires, 2025
Lía Marrone:
Objetos que se niegan a irse
Destacados
Perros, guacamayos, ovejas y un unicornio aparecen una y otra vez, entre ruinas domésticas y paisajes un poco fuera de lugar. No son decorado: son testigos. El cuerpo cansado de una perra llamada Venus, una oveja que espera el amanecer, un unicornio de bronce intervenido a mano. Los animales custodian lo que la biografía no logra decir del todo.

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Buenos Aires, 2025
Lía arma constelaciones de escenas mínimas: un exhibidor de golosinas convertido en políptico, una farmacia, un hombre en el baño, una perra que duerme en el piso. Fragmentos de una vida que podría ser la suya o la de un personaje que inventó para sobrevivir al paso del tiempo. Cada cuadro parece una viñeta arrancada de un diario íntimo que se niega a ser lineal.

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En las obras de Lía Marrone, los objetos familiares se amontonan en estantes como si no aceptaran su destino de reliquia. Timbres, cascanueces, frascos y pesas de bronce conviven con pequeñas pinturas donde un pájaro naranja posa frente a un microscopio. La escena es doméstica, pero también es laboratorio: ahí se prueba cuánto puede durar un recuerdo antes de volverse mito.

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En los papeles de Lía, los restos de la vida cotidiana funcionan como escenarios: un auto abandonado, un colchón matrimonial tirado entre plantas, muebles dejados en la vereda. Más que denuncia, hay una especie de arqueología afectiva: lo que quedó afuera de la casa, afuera del cuadro familiar, vuelve en forma de paisaje persistente.

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Perros, guacamayos, ovejas y un unicornio aparecen una y otra vez, entre ruinas domésticas y paisajes un poco fuera de lugar. No son decorado: son testigos. El cuerpo cansado de una perra llamada Venus, una oveja que espera el amanecer, un unicornio de bronce intervenido a mano. Los animales custodian lo que la biografía no logra decir del todo.

Lía Marrone
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Lía arma constelaciones de escenas mínimas: un exhibidor de golosinas convertido en políptico, una farmacia, un hombre en el baño, una perra que duerme en el piso. Fragmentos de una vida que podría ser la suya o la de un personaje que inventó para sobrevivir al paso del tiempo. Cada cuadro parece una viñeta arrancada de un diario íntimo que se niega a ser lineal.

Lía Marrone
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En las obras de Lía Marrone, los objetos familiares se amontonan en estantes como si no aceptaran su destino de reliquia. Timbres, cascanueces, frascos y pesas de bronce conviven con pequeñas pinturas donde un pájaro naranja posa frente a un microscopio. La escena es doméstica, pero también es laboratorio: ahí se prueba cuánto puede durar un recuerdo antes de volverse mito.

Lía Marrone
Buenos Aires, 2025
En los papeles de Lía, los restos de la vida cotidiana funcionan como escenarios: un auto abandonado, un colchón matrimonial tirado entre plantas, muebles dejados en la vereda. Más que denuncia, hay una especie de arqueología afectiva: lo que quedó afuera de la casa, afuera del cuadro familiar, vuelve en forma de paisaje persistente.

Lía Marrone
Buenos Aires, 2025
Perros, guacamayos, ovejas y un unicornio aparecen una y otra vez, entre ruinas domésticas y paisajes un poco fuera de lugar. No son decorado: son testigos. El cuerpo cansado de una perra llamada Venus, una oveja que espera el amanecer, un unicornio de bronce intervenido a mano. Los animales custodian lo que la biografía no logra decir del todo.

Lía Marrone
Buenos Aires, 2025
Lía arma constelaciones de escenas mínimas: un exhibidor de golosinas convertido en políptico, una farmacia, un hombre en el baño, una perra que duerme en el piso. Fragmentos de una vida que podría ser la suya o la de un personaje que inventó para sobrevivir al paso del tiempo. Cada cuadro parece una viñeta arrancada de un diario íntimo que se niega a ser lineal.

Lía Marrone
Buenos Aires, 2025
En las obras de Lía Marrone, los objetos familiares se amontonan en estantes como si no aceptaran su destino de reliquia. Timbres, cascanueces, frascos y pesas de bronce conviven con pequeñas pinturas donde un pájaro naranja posa frente a un microscopio. La escena es doméstica, pero también es laboratorio: ahí se prueba cuánto puede durar un recuerdo antes de volverse mito.

Lía Marrone
Buenos Aires, 2025
En los papeles de Lía, los restos de la vida cotidiana funcionan como escenarios: un auto abandonado, un colchón matrimonial tirado entre plantas, muebles dejados en la vereda. Más que denuncia, hay una especie de arqueología afectiva: lo que quedó afuera de la casa, afuera del cuadro familiar, vuelve en forma de paisaje persistente.

Lía Marrone
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Perros, guacamayos, ovejas y un unicornio aparecen una y otra vez, entre ruinas domésticas y paisajes un poco fuera de lugar. No son decorado: son testigos. El cuerpo cansado de una perra llamada Venus, una oveja que espera el amanecer, un unicornio de bronce intervenido a mano. Los animales custodian lo que la biografía no logra decir del todo.

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Lía arma constelaciones de escenas mínimas: un exhibidor de golosinas convertido en políptico, una farmacia, un hombre en el baño, una perra que duerme en el piso. Fragmentos de una vida que podría ser la suya o la de un personaje que inventó para sobrevivir al paso del tiempo. Cada cuadro parece una viñeta arrancada de un diario íntimo que se niega a ser lineal.

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Buenos Aires, 2025
En las obras de Lía Marrone, los objetos familiares se amontonan en estantes como si no aceptaran su destino de reliquia. Timbres, cascanueces, frascos y pesas de bronce conviven con pequeñas pinturas donde un pájaro naranja posa frente a un microscopio. La escena es doméstica, pero también es laboratorio: ahí se prueba cuánto puede durar un recuerdo antes de volverse mito.

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En los papeles de Lía, los restos de la vida cotidiana funcionan como escenarios: un auto abandonado, un colchón matrimonial tirado entre plantas, muebles dejados en la vereda. Más que denuncia, hay una especie de arqueología afectiva: lo que quedó afuera de la casa, afuera del cuadro familiar, vuelve en forma de paisaje persistente.

Lía Marrone
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En las obras de Lía Marrone, los objetos familiares se amontonan en estantes como si no aceptaran su destino de reliquia. Timbres, cascanueces, frascos y pesas de bronce conviven con pequeñas pinturas donde un pájaro naranja posa frente a un microscopio. La escena es doméstica, pero también es laboratorio: ahí se prueba cuánto puede durar un recuerdo antes de volverse mito.

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Lía arma constelaciones de escenas mínimas: un exhibidor de golosinas convertido en políptico, una farmacia, un hombre en el baño, una perra que duerme en el piso. Fragmentos de una vida que podría ser la suya o la de un personaje que inventó para sobrevivir al paso del tiempo. Cada cuadro parece una viñeta arrancada de un diario íntimo que se niega a ser lineal.

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En los papeles de Lía, los restos de la vida cotidiana funcionan como escenarios: un auto abandonado, un colchón matrimonial tirado entre plantas, muebles dejados en la vereda. Más que denuncia, hay una especie de arqueología afectiva: lo que quedó afuera de la casa, afuera del cuadro familiar, vuelve en forma de paisaje persistente.

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En las obras de Lía Marrone, los objetos familiares se amontonan en estantes como si no aceptaran su destino de reliquia. Timbres, cascanueces, frascos y pesas de bronce conviven con pequeñas pinturas donde un pájaro naranja posa frente a un microscopio. La escena es doméstica, pero también es laboratorio: ahí se prueba cuánto puede durar un recuerdo antes de volverse mito.

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Lía arma constelaciones de escenas mínimas: un exhibidor de golosinas convertido en políptico, una farmacia, un hombre en el baño, una perra que duerme en el piso. Fragmentos de una vida que podría ser la suya o la de un personaje que inventó para sobrevivir al paso del tiempo. Cada cuadro parece una viñeta arrancada de un diario íntimo que se niega a ser lineal.

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En los papeles de Lía, los restos de la vida cotidiana funcionan como escenarios: un auto abandonado, un colchón matrimonial tirado entre plantas, muebles dejados en la vereda. Más que denuncia, hay una especie de arqueología afectiva: lo que quedó afuera de la casa, afuera del cuadro familiar, vuelve en forma de paisaje persistente.

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En las obras de Lía Marrone, los objetos familiares se amontonan en estantes como si no aceptaran su destino de reliquia. Timbres, cascanueces, frascos y pesas de bronce conviven con pequeñas pinturas donde un pájaro naranja posa frente a un microscopio. La escena es doméstica, pero también es laboratorio: ahí se prueba cuánto puede durar un recuerdo antes de volverse mito.

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Buenos Aires, 2025
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Lía Marrone:
Objetos que se niegan a irse
Vol. 1
guía para perderse y encontrarse en el museo
guía para perderse y encontrarse en el museo
Te invito a crear tu propia historia entre cuadros, esculturas, a mirar el arte desde lo que te mueve, no desde lo que “deberías saber”. La idea no es entenderlo todo, sino conectar con lo que ves y dejar que esas conexiones te sorprendan.



Manifiesto
01
Interpretar
01
Interpretar
01
Interpretar
02
Vincular
02
Vincular
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Vincular
03
Descifrar
03
Descifrar
03
Descifrar
04
Cultivar
04
Cultivar
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Cultivar
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Mar Verde – detrás de la trama

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Mar Verde – detrás de la trama

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Cartografía del Alma

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(des)BAT(s) (fish)MAN

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(des)BAT(s) (fish)MAN

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Barrakesh
Felices por siempre

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Barrakesh
Felices por siempre

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Barrakesh
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Barrakesh
Fin de fiesta

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Barrakesh
Fin de fiesta

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POÈME Studio
Fractales Vol. 2

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POÈME Studio
Fractales Vol. 2

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