Por Julieta Ogando

Recoleta 2026: canon, escena y formato

Recoleta 2026: canon, escena y formato

Programación anual

Centro Cultural Recoleta

jueves, 26 de febrero de 2026

Tres íconos y una institución que piensa en escala

El Centro Cultural Recoleta presentó hoy su programación 2026 y eligió una forma bastante explícita de ordenar el año. No lo hizo por “temporadas” ni por disciplinas, sino por tres figuras capaces de convocar públicos distintos y, sobre todo, de sostener una narrativa institucional de alto voltaje: Jorge Luis Borges a cuarenta años de su muerte, Federico Klemm como figura total de la escena cultural argentina y Mafalda como ícono popular convertido en experiencia inmersiva. En esa triangulación hay una decisión de escala. No solo se anuncia qué se exhibe, sino qué tipo de institución quiere ser el Recoleta cuando habla de sí mismo en voz alta.

En la presentación, esa autodefinición estuvo atravesada por una lectura de gestión que no se dijo con pudor. Se mencionó que en noviembre de 2025 el centro recibió 110.000 visitantes y que enero de 2026 cerró con un 50% más de público que enero de 2025 y enero de 2024. Esa insistencia en el dato instala al Recoleta como un dispositivo de circulación cultural masiva y, en el mismo movimiento, legitima una programación que se quiere ambiciosa sin tener que justificar su ambición con épica.

La ministra de Cultura de la Ciudad, Gabriela Ricardes, ubicó ese marco con una formulación directa. En su intervención habló de la cultura como inversión y como hábito, y la presentó como motor de desarrollo en un contexto económico adverso. El director, Maximiliano Tomas, retomó esa línea con una idea que funciona como declaración de identidad: dijo que el Recoleta tiene una “carta blanca” del público, en el sentido de que mucha gente llega sin necesidad de conocer la programación porque confía en el lugar como marca cultural. En la práctica, esa frase traduce un objetivo preciso. Convertir la visita en costumbre y no en excepción, construir fidelidad más que evento, y convertir una agenda diversa en un relato estable.

Ese relato se apoya, primero, en Borges. La apuesta no es solamente exponer “al escritor”, sino hacer de Borges una estructura que permea música, cine y conversación pública. Se describe una exposición amplia y, al mismo tiempo, diseñada para lectores intensos; la presentación también enmarca el año como un período extendido de conmemoración y actividades articuladas. Si funciona, no va a depender tanto del volumen de piezas o de los “objetos” asociados al autor como de la inteligencia de la mediación. Borges no necesita ser explicado, pero sí necesita ser montado de forma que no quede reducido a vitrina o a consigna. El desafío real es evitar que el homenaje se convierta en postal y, en cambio, proponga lectura y pensamiento sin volverse una experiencia para iniciados.

El segundo gran eje es Klemm y ahí el Recoleta juega de local. Klemm es una figura particularmente adecuada para un centro cultural que se construyó en la fricción entre escena, medios y experimentación, y que en los noventa y dos mil fue, para bien y para mal, un laboratorio de visibilidad. En la charla se confirmó el carácter antológico de la exposición y el tamaño de la operación, con más de 90 obras y curaduría compartida, en colaboración con Fundación Klemm. Si esa muestra elige el camino fácil, la tentación sería celebratoria y complaciente. Si elige el camino interesante, debería sostener la incomodidad productiva de Klemm, su dimensión performática y mediática, su lugar como mecenas y como personaje, y su capacidad para evidenciar cómo se construyen legitimidades en el arte argentino cuando el “afuera” del arte es parte del trabajo.

El tercer eje es el más contemporáneo en términos de formato: la llegada de Mafalda en clave inmersiva. En la presentación se habló de 15 espacios, recursos tecnológicos y permanencia hasta marzo de 2027. Es, sin eufemismos, un acontecimiento pensado para flujo sostenido, turismo, redes y experiencia. En una institución pública, esa clase de proyecto abre una tensión nítida que conviene tomar en serio sin dramatismos: cómo convive el programa de artes visuales contemporáneas con un hito que opera con lógicas de entretenimiento cultural. La respuesta no está en oponer “alto” y “bajo” ni en indignarse por el éxito de un ícono popular; está en qué se hace con esa energía de público. Si el Recoleta logra que ese flujo no sea un embudo que lo redefine por completo, sino una palanca que fortalece el resto de su programación, Mafalda puede funcionar como motor sin volver homogénea la propuesta.

En ese punto aparece una capa menos comentada pero decisiva: la institución quiere medir y administrar mejor su condición de destino urbano. En la charla se mencionó la implementación de una entrada especial para extranjeros como herramienta para contabilizar quiénes visitan el centro, cuántos y por qué. Es un gesto de política cultural con vocabulario técnico, que reconoce al turismo cultural como parte del ecosistema real del Recoleta, no como efecto colateral. Y, al mismo tiempo, se sostuvo la idea de archivo y memoria, con la decisión de mantener un anuario impreso como registro de gestión, explicitando una preferencia por dejar huella material en un contexto dominado por circulación digital.

La programación 2026, además, no se agota en el tríptico. En la presentación se nombraron exposiciones y proyectos vinculados a artistas contemporáneos argentinos e internacionales, junto con el regreso de la Bienal de Arquitectura, la presencia de World Press Photo y un estreno escénico asociado a Oscar Araiz. El detalle fino de cada proyecto importa, pero importa más la forma general del año: el Recoleta está construyendo una agenda que mezcla canon, revisión de escena y formatos de alta convocatoria, con un discurso de gestión que hace de la masividad una condición, no una consecuencia.

Para leer el anuncio sin grandilocuencias, alcanza con esto. Recoleta 2026 busca consolidar una identidad que combine prestigio y volumen, archivo y presente, exposición y experiencia. La pregunta relevante que nos deja no pasa por juzgar la fórmula, sino por verificar su rendimiento institucional: si el Recoleta va a lograr que el canon opere como lectura y no como liturgia, que la escena contemporánea sostenga densidad propia y no quede subordinada al calendario, y que el formato inmersivo funcione como expansión de públicos sin reescribir, por saturación, el idioma del centro. Esa convivencia, y la inteligencia con la que se gestione, va a ser el verdadero argumento del año.

Esta foto captura el ambiente general del espacio de la feria MAPA durante el evento. El lugar, caracterizado por su arquitectura industrial, está lleno de asistentes que se mezclan y ven las obras de arte. La configuración incluye varias obras de arte exhibidas a lo largo de las paredes blancas de la galería, iluminadas por la iluminación del lugar, contribuyendo a un ambiente vibrante y atractivo.

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Esta foto captura el ambiente general del espacio de la feria MAPA durante el evento. El lugar, caracterizado por su arquitectura industrial, está lleno de asistentes que se mezclan y ven las obras de arte. La configuración incluye varias obras de arte exhibidas a lo largo de las paredes blancas de la galería, iluminadas por la iluminación del lugar, contribuyendo a un ambiente vibrante y atractivo.

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