

Por Julieta Ogando
Heidi Jalkh & Nadya Suvorova
ArtLab
jueves, 5 de marzo de 2026

Una nueva especie de diseño
Salí de ArtLab con una sensación curiosa que no siempre aparece después de una inauguración. No era exactamente entusiasmo, ni tampoco esa satisfacción un poco automática que a veces producen las muestras tecnológicas cuando funcionan bien como espectáculo. Era otra cosa. La sensación de haber visto algo que todavía no termino de entender del todo. Y, sobre todo, ganas de aprender más.
No es una reacción tan común. Lo habitual en el circuito de exposiciones contemporáneas es salir con una idea más o menos clara de lo que la obra quería decir, aunque uno no esté de acuerdo. En este caso ocurrió lo contrario. Salí con varias preguntas abiertas y con un par de papers guardados en el teléfono para leer después. Y eso, en una muestra que se presenta como diseño experimental, no es un mal punto de partida.
“Interacciones Materiales — Una nueva especie de diseño”, la exposición de Heidi Jalkh y Nadya Suvorova inaugurada el 5 de marzo en ArtLab, parte de una pregunta que parece sencilla pero que se vuelve bastante incómoda cuando uno se detiene a pensarla. ¿Qué pasa cuando dejamos de imaginar los materiales como algo pasivo? ¿Qué ocurre cuando la materia deja de ser el soporte obediente de la forma y empieza a comportarse como un sistema con dinámica propia?
Durante siglos el diseño y la ingeniería trabajaron bajo una premisa muy estable. El humano decide, la materia ejecuta. Se talla la madera, se funde el metal, se moldea el plástico. La forma viene de afuera. La materia responde. La exposición propone suspender por un momento esa jerarquía y explorar otro escenario posible. Uno en el que ciertos materiales no son simplemente moldeados sino activados.
Las esculturas que ocupan la sala funcionan justamente así. No son máquinas tradicionales ni objetos cinéticos en el sentido clásico. Son sistemas materiales que reaccionan. Se contraen, se magnetizan, se reorganizan o crecen según condiciones físicas específicas. Lo que se exhibe no es solamente una forma sino un comportamiento.
La muestra reúne una serie de piezas desarrolladas a partir de materiales experimentales provenientes de laboratorios de Suiza y Argentina. Pero el recorrido no se presenta como una vitrina de innovación científica. Lo que aparece es más bien una pequeña ecología de prototipos.
Varias esferas compuestas por fragmentos de conchas marinas y biopolímeros de algas se arman como un rompecabezas modular que puede rodar y recuperar su equilibrio. Cerca de allí, una estructura blanda basada en geometrías auxéticas se repliega sobre sí misma para envolver una esfera con un gesto que recuerda al de ciertos organismos defensivos. En la ingeniería tradicional, las inestabilidades de este tipo suelen considerarse fallas que conviene evitar. En algunas investigaciones recientes sobre superficies auxéticas ocurre lo contrario: esas inestabilidades se vuelven el motor mismo del comportamiento material, casi como si ciertas formas estuvieran diseñadas para plegarse, expandirse o reorganizarse del mismo modo en que lo hacen algunos tejidos biológicos. En otro punto de la sala aparece un pequeño hábitat donde un micelio crece lentamente dentro de una estructura móvil. La pieza funciona como contenedor de vida.
Uno de los momentos más hipnóticos del recorrido aparece con una superficie cubierta por diminutos filamentos de silicona magnetizados que se curvan colectivamente para transportar pequeños objetos. El sistema reproduce el movimiento coordinado de los cilios microscópicos que desplazan fluidos dentro del cuerpo humano. Pero la analogía biológica no es solo estética. En investigaciones recientes sobre estas superficies magnéticas blandas se observa algo curioso: dependiendo del tamaño y la forma del objeto que se coloca encima, el sistema puede cambiar su comportamiento y alterar la manera en que lo transporta. La superficie no actúa simplemente como una cinta mecánica miniaturizada, sino como un entorno que responde de manera distinta según lo que tenga encima. Detrás, esponjas metálicas impulsadas por campos magnéticos rotatorios se deslizan sobre planos verticales en una especie de caminata lunar silenciosa.
El efecto general es extraño. Estas esculturas parecen menos objetos que organismos. No están ahí para representar algo sino para desplegar procesos. Observarlas se parece más a mirar un experimento que a contemplar una forma terminada.
Ese desplazamiento es importante. La exposición no propone simplemente mostrar materiales novedosos. Lo que intenta es algo un poco más complejo. Transformar investigación científica en experiencia estética.
En ese punto la muestra se vuelve particularmente interesante. Porque una de las tensiones centrales del proyecto aparece justamente en ese pasaje. Entre el laboratorio y la exposición. Entre el paper académico y la percepción sensible.
Durante la inauguración, esa dimensión se volvió bastante más visible. Heidi Jalkh contó que el proyecto empezó a tomar forma recién hacia fines de 2025, cuando recibieron el apoyo de Pro Helvetia. El desarrollo se resolvió en pocos meses, entre un viaje a Zúrich, sesiones intensivas de prototipado y una red bastante heterogénea de colaboraciones.
Algunas piezas se desarrollaron en diálogo con laboratorios suizos especializados en ciencia de materiales. Otras se resolvieron con proveedores industriales argentinos dispuestos a fabricar componentes muy específicos sobre la marcha. Y otras directamente en la casa de la propia artista, donde preparaban biomateriales con conchas marinas e inoculaban los hongos utilizados en una de las obras.
Ese detrás de escena importa. Porque desplaza la lectura de la muestra hacia un terreno menos abstracto. En lugar de aparecer como una vitrina futurista de “materia inteligente”, el proyecto empieza a parecerse más a un ecosistema de producción bastante concreto. Hay ciencia, sí. Pero también hay oficio, improvisación informada, industria local, ensayo y error y una cadena larga de traducciones técnicas.
Desde su grupo de investigación Sistemas Materiales, Jalkh viene trabajando hace tiempo en sacar estas investigaciones del laboratorio y acercarlas a públicos más amplios. Lo dijo sin rodeos durante la charla. Buena parte de las discusiones sobre biomateriales, materiales auxéticos o estructuras magnéticas circulan en inglés y dentro de circuitos académicos bastante cerrados. La exposición funciona entonces también como un dispositivo de traducción.
Traduce papers en objetos. Traduce procesos microscópicos en movimientos visibles. Traduce lenguaje técnico en experiencia espacial.
Ese gesto puede parecer menor, pero no lo es. El conocimiento científico no se vuelve socialmente significativo solo cuando produce tecnología aplicable. También cuando se vuelve perceptible.
El diálogo que siguió a la presentación de las artistas, con el ingeniero en materiales Exequiel Rodríguez, agregó otra capa interesante. Rodríguez planteó algo que a menudo se pierde en el entusiasmo por la innovación. La ciencia y el diseño trabajan con lógicas muy distintas.
La investigación científica intenta aislar variables, controlar condiciones y verificar resultados de manera reproducible. El diseño, en cambio, tiene que resolver problemas concretos con tiempo, recursos y materiales limitados. Donde la ciencia busca precisión, el diseño negocia con contingencias.
La exposición parece ubicarse justamente en ese punto intermedio. Las piezas no son experimentos científicos en sentido estricto. Tampoco son productos de diseño listos para aplicación industrial. Son algo más ambiguo. Prototipos culturales.
Materiales que todavía están siendo investigados pero que ya empiezan a construir imaginarios. En algunos casos, incluso materiales que muestran comportamientos adaptativos inesperados. Investigaciones recientes sobre ciertas estructuras metálicas porosas, por ejemplo, describen materiales capaces de reforzarse cuando se los comprime o de modificar su respuesta mecánica según las fuerzas que reciben, algo que recuerda, con bastante cautela, a la manera en que el tejido óseo se adapta a las cargas del entorno.
En ese sentido la muestra dialoga con varias discusiones teóricas recientes. Desde el nuevo materialismo hasta ciertas corrientes del posthumanismo, varios autores vienen cuestionando la idea de que el mundo material es simplemente un fondo pasivo para la acción humana. Filósofos como Vilém Flusser o Katherine Hayles han sugerido que los sistemas técnicos y materiales poseen dinámicas que condicionan nuestra percepción y nuestras formas de organización social.
“Interacciones Materiales” no intenta ilustrar esas teorías. Pero sí las vuelve sensibles.
Hay otro elemento que vuelve la muestra particularmente contemporánea. Durante la charla, Nadya Suvorova mencionó que algunos de estos materiales y comportamientos ya circulaban ampliamente en redes sociales antes de llegar al espacio expositivo. Videos de experimentos con materiales magnetizados o estructuras reactivas pueden acumular millones de visualizaciones en plataformas como TikTok.
Ese dato abre una pregunta interesante. La fascinación por la materia que se mueve, se reorganiza o responde al entorno no pertenece únicamente al mundo del arte o de la ciencia. También forma parte de la cultura visual digital.
Los materiales performativos funcionan bien en laboratorio, en museo y en pantalla.
La exposición parece consciente de esa condición mediática. La instalación audiovisual que acompaña las esculturas funciona como una expansión de esa lógica. A través de imágenes macro y micro de los materiales, junto con una composición sonora construida a partir de resonancias físicas grabadas directamente de los materiales, se produce una especie de traducción intermedial de la materia.
El comportamiento material se vuelve imagen. La imagen se vuelve sonido. El sonido se vuelve ambiente.
Ese circuito sensorial refuerza la idea central de la muestra. Los materiales no son simplemente cosas. Son procesos.
Al final del recorrido, la pregunta que propone el título vuelve a aparecer. ¿Estamos realmente frente a una nueva especie de diseño?
Tal vez la respuesta sea más ambigua. Lo que la exposición muestra no es tanto un nuevo paradigma ya consolidado como un territorio en transición.
Un lugar donde la materia empieza a comportarse de maneras inesperadas, donde el diseño se acerca al laboratorio, donde la investigación científica se vuelve experiencia estética y donde incluso las redes sociales empiezan a formar parte de la circulación del conocimiento material.
Lo más valioso de “Interacciones Materiales” quizá no sea demostrar que la materia tiene agencia. Algo que el discurso curatorial enfatiza bastante. Lo más interesante es mostrar que esa agencia nunca aparece sola.
Siempre llega acompañada de relatos, traducciones, dispositivos de exhibición, infraestructuras de investigación, colaboraciones industriales y circuitos mediáticos.
Cada vez que salgo de ArtLab, además de esa sensación persistente de curiosidad, me queda algo bastante concreto. Esta vez son un par de enlaces a papers sobre materiales auxéticos y sobre sistemas de transporte magnético microscópico.
No es la reacción más habitual después de una inauguración. Pero en este caso parece perfectamente razonable.






