Por Julieta Ogando

Ceremonias para el fin de un verano

Ceremonias para el fin de un verano

Mariano Benavente

Casa Nacional del Bicentenario

Mariano Benavente y la pintura después del original

En Ceremonias para el fin de un verano, Mariano Benavente toma un motivo clásico —flores en un jarrón— y lo arrastra a una zona bastante menos decorativa de lo que podría parecer a primera vista. No porque abandone la belleza del género, sino porque la complica. Sus flores no están ahí para confirmar la nobleza eterna de la naturaleza muerta ni para actualizarla con algún guiño cool. Están ahí para poner a trabajar una pregunta más incómoda: qué hace hoy un pintor cuando asume, sin drama y sin pose, que pinta después de otros.

Ese es uno de los puntos más interesantes de la muestra. Benavente no disimula la dependencia. La declara. Dice que todas sus pinturas son copias de otras pinturas que conoce y le gustan, imágenes que querría repetir exactamente pero no puede. En vez de convertir esa imposibilidad en trauma o en manifiesto teórico, la usa como método. La pintura aparece entonces no como territorio de la invención pura, sino como un campo donde la memoria, el gusto, la admiración y el error producen una imagen nueva a partir de una falla. No hay angustia de la influencia en clave heroica. Hay trabajo. Hay torpeza productiva. Hay desvío.

Y eso se nota en sala. Las obras no buscan la perfección de la naturaleza muerta clásica. Más bien parecen sostener una negociación permanente entre el control y el accidente. Las flores están ahí, sí, pero no como una excusa para el virtuosismo botánico. A veces se agrandan hasta volverse casi emblemas. A veces se deshacen un poco en la materia. A veces conviven con libros, discos, fotografías o interiores domésticos que no terminan de funcionar como fondo y tampoco como simple utilería. Todo parece estar en un punto intermedio: entre imagen recordada e imagen observada, entre homenaje y remiendo, entre composición y salvataje.

Ese “salvataje” es probablemente la palabra clave. En el texto del artista aparece una imagen buenísima: la de intentar enderezar una torta demasiado blanda que se viene abajo. Se entiende perfecto qué quiere decir. Varias de estas pinturas tienen algo de eso. No la prolijidad del plan perfectamente ejecutado, sino la intensidad de una imagen que fue encontrando su forma a medida que evitaba caerse. Y ahí radica buena parte de su atractivo. Benavente no pinta flores como quien reafirma una tradición; las pinta como quien entra en conversación con una tradición ya bastante usada y todavía, contra todo pronóstico, encuentra algo para decir porque acepta que la pintura llegue deformada.

También hay algo muy preciso en el modo en que arma sus escenas. Los libros, los discos y las fotografías no aparecen como citas cultas para sumar densidad simbólica de catálogo. Funcionan más bien como señales de una biografía sensible. No son “objetos culturales” en abstracto, sino cosas con las que alguien vivió. Cosas que acompañaron lecturas, escuchas, estados de ánimo, incluso fantasías de formación. En ese sentido, las obras no construyen una vanitas clásica sobre el paso del tiempo. Construyen otra cosa: una especie de inventario afectivo donde la flor comparte plano con los restos de una educación sentimental.

Eso vuelve especialmente interesantes a los cuadros en los que la flor y el objeto no se ilustran mutuamente, sino que se incomodan un poco. Un ramo frente a una biblioteca, una mesa con una portada de jazz, un jarrón junto a un libro o una foto. Cuando esa combinación funciona, la pintura deja de ser solamente una pintura de género actualizada y se convierte en una escena de intimidad cultural. No la intimidad confesional de época, tan inclinada a explicarse, sino una más oblicua: la de las cosas que forman a alguien sin necesidad de decirlo en voz alta.

Formalmente, además, Benavente evita un problema frecuente en este tipo de trabajos: el exceso de refinamiento nostálgico. Sus pinturas no son pulidas en el mal sentido. No están barnizadas por esa melancolía demasiado elegante que vuelve todo ligeramente vintage y, por lo tanto, inofensivo. Hay en ellas una rusticidad que les conviene. Algunas flores son frontales hasta el borde de lo torpe. Algunos fondos quedan medio suspendidos. Algunas desproporciones son evidentes. Pero esa falta de cierre opera a favor del conjunto, porque impide que la muestra se acomode demasiado rápido en la categoría de “pintura sensible”. Acá hay sensibilidad, claro, pero también hay fricción.

Las piezas más logradas son, justamente, las que tensan mejor esa fricción. Los cuadros de mayor escala, donde la flor se vuelve casi demasiado grande para el espacio que ocupa, tienen una presencia más rara y más poderosa. Ahí la pintura se vuelve menos ilustrativa y más insistente. Menos bodegón y más problema. En cambio, algunas piezas pequeñas, aun siendo agradables, quedan un poco más cerca de la variación de motivo que del verdadero desborde. Funcionan dentro de la serie, pero no siempre empujan la apuesta del mismo modo.

De todos modos, el conjunto sostiene una idea fuerte: que la pintura puede seguir viva no por la vía de la originalidad, sino por la vía de la relación. Relación con otras pinturas, con otras músicas, con otras lecturas, con otros tiempos de la vida. En una escena donde tantas veces se le exige al arte contemporáneo que justifique de inmediato su novedad, Benavente ensaya algo menos espectacular y bastante más convincente: pintar desde la segunda mano, desde el gusto heredado, desde la copia fallida, desde la devoción torcida.

Ceremonias para el fin de un verano no propone grandes declaraciones sobre la pintura. Hace algo más interesante. Muestra que todavía puede pasar algo cuando un artista acepta que llegar tarde no es necesariamente un problema. A veces, de hecho, es la única condición honesta para empezar.

Esta foto captura el ambiente general del espacio de la feria MAPA durante el evento. El lugar, caracterizado por su arquitectura industrial, está lleno de asistentes que se mezclan y ven las obras de arte. La configuración incluye varias obras de arte exhibidas a lo largo de las paredes blancas de la galería, iluminadas por la iluminación del lugar, contribuyendo a un ambiente vibrante y atractivo.

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