

Por Julieta Ogando
Alberto Sassani
Casa Nacional del Bicentenario

En La fragilidad como estructura, Alberto Sassani trabaja con una operación mínima: cortar, plegar, curvar, entrelazar. La materia es humilde —cartulina, cartón, superficies industriales— pero el resultado no se deja leer tan rápido como “poética de lo precario”. Hay algo más interesante en juego. No estamos ante una estética de la carencia convertida en virtud moral, sino ante un sistema de formas que toma materiales de bajo rango simbólico y los obliga a producir volumen, ritmo, tensión y hasta una cierta obstinación espacial.
La muestra, presentada en la Casa Nacional del Bicentenario, se organiza alrededor de tiras que se expanden, se repliegan, se anudan y se encastran sobre el muro o en el piso. A veces aparecen como tramas casi modulares, con una lógica repetitiva que recuerda tanto a una retícula modernista como a una cadena productiva. Otras veces se desbordan en nudos más barrocos, más cercanos al enredo que al patrón. Entre un extremo y otro, Sassani arma una gramática basada en la insistencia: repetir un gesto hasta que deje de ser gesto y se convierta en estructura.
Ahí es donde la muestra encuentra su mejor zona. No tanto en la promesa un poco solemne de “representar el vacío existencial”, sino en algo bastante más concreto y efectivo: mostrar cómo una forma se sostiene mientras parece estar a punto de ceder. Lo frágil no aparece acá como sinónimo de delicadeza, sino como condición material de cualquier equilibrio contemporáneo. Las piezas no transmiten serenidad. Transmiten esfuerzo. Incluso cuando son elegantes, incluso cuando el plateado devuelve una superficie casi glamorosa, lo que persiste es la sensación de tensión, de una estabilidad conseguida a fuerza de insistencia y no de armonía.
Ese punto importa porque la exposición toca algo del presente sin subrayarlo demasiado. El texto curatorial habla de polarización, agotamiento, urgencia del contexto, comunidad, red y autogestión. Son palabras grandes, muy de época, y no todas pesan igual dentro de la sala. Donde mejor se vuelven legibles no es en el discurso sobre el vacío, sino en la procedencia misma del material —cartón de una fábrica en quiebra— y en la lógica de trabajo que las obras dejan entrever. Hay una memoria del descarte, de la crisis y de la reconfiguración ahí adentro. Pero Sassani no la traduce en denuncia ilustrativa. La procesa formalmente. Eso vuelve a las piezas más inteligentes: reorganizan una crisis.
También hay algo interesante en cómo estas obras se mueven entre lenguajes. Tienen algo de escultura, algo de dibujo expandido, algo de relieve, algo de dispositivo decorativo y algo de maqueta salida de un delirio entre diseño industrial y terapia ocupacional. Y eso no juega en su contra. Al revés: una de las virtudes de la muestra es que no teme quedar cerca de zonas históricamente subestimadas por el arte contemporáneo, como la manualidad, el ornamento o incluso cierta seducción visual. Las curvas, las sombras y los reflejos están ahí para ser vistos. No piden perdón por ser atractivos. La pregunta es qué hacen con esa atracción. En varios momentos, bastante: la vuelven inestable, la cargan de repetición, de trabajo y de fatiga.
Las piezas más ordenadas, esas donde las bandas se repiten con una modulación casi serial, son quizá las más logradas porque dejan ver con claridad el núcleo del proyecto: cómo una unidad mínima puede construir complejidad sin dejar de exhibir su economía de medios. Las más abigarradas, en cambio, por momentos rozan una expresividad un poco ilustrativa del caos. Funcionan, pero dicen más rápido lo que las otras elaboran mejor. En las tramas grises hay una fricción más fina entre cálculo y flexión, entre patrón y cuerpo. En los nudos metálicos, la obra se vuelve más enfática, más espectacular, menos sutil.
De todos modos, el conjunto sostiene algo valioso: la idea de que una estructura no tiene por qué ser rígida para ser eficaz. En tiempos en los que todo parece exigir solidez performática —discursos sólidos, identidades sólidas, economías sólidas, instituciones sólidas— Sassani trabaja con otro paradigma. No el de la firmeza, sino el del sostén. No el del monumento, sino el de la persistencia. Y eso cambia bastante el clima de lectura de la muestra. La fragilidad acá no es tema. Es método.
Quizás el único peligro aparece cuando la curaduría intenta llevar demasiado rápido el trabajo al terreno del “vacío existencial”, una categoría tan amplia que a veces aplana más de lo que abre. Porque las obras no necesitan tanto marco metafísico para operar. Ya tienen suficiente espesor en el cruce entre materialidad, repetición, crisis productiva, precariedad y forma. De hecho, son mejores cuando se las deja trabajar ahí, en ese punto donde el cartón deja de ser apenas cartón pero tampoco pretende convertirse en revelación trascendental.
Lo más interesante de La fragilidad como estructura es, justamente, que no romantiza lo frágil. Lo pone a trabajar. Y en ese desplazamiento encuentra una imagen bastante precisa del presente: no la de un vacío puro, limpio y abstracto, sino la de un mundo saturado de restos, tensiones y remiendos donde todavía, con bastante esfuerzo, algo puede sostenerse.






