

Por Julieta Ogando
Asociación Argentina de Críticos de Arte
Fundación Proa
Del 14 al 16 de mayo, Fundación Proa será sede de las Jornadas de la Crítica 2026, organizadas por la Asociación Argentina de Críticos de Arte. Pero el verdadero interés del encuentro no está solo en su programa. Está en el diagnóstico que lo vuelve necesario. ¿Qué lugar le queda hoy a la crítica en un ecosistema atravesado por mercado, curaduría, métricas, redes e inteligencia artificial?
Hay momentos en los que una pregunta deja de funcionar como consigna elegante y empieza a sonar como un problema real. Eso pasa con el interrogante que atraviesa las Jornadas de la Crítica 2026. ¿Para qué sirve la crítica de arte hoy? En este caso no aparece como un recurso para ordenar mesas ni como una fórmula institucional de apertura. Aparece como una pregunta hecha desde un terreno que cambió demasiado y demasiado rápido. Una práctica que alguna vez tuvo centralidad, autoridad y un lenguaje relativamente estable hoy parece obligada a revisar su lugar, su función y hasta sus herramientas.
Las jornadas parten de una evidencia difícil de esquivar. La crítica ya no discute solamente obras, artistas o exhibiciones. También tiene que interrogar las condiciones en las que se produce, circula y se lee. Ya no alcanza con pensar qué dice un texto crítico. También hay que preguntarse desde dónde se escribe, para quién, con cuánto tiempo, bajo qué presiones, con qué margen de autonomía y con qué posibilidad concreta de afectar algo en el campo.
Ahí está uno de los puntos más interesantes del encuentro. No se trata de restaurar una figura del crítico como árbitro solemne de la cultura ni de idealizar un pasado en el que supuestamente la palabra crítica ordenaba la escena. Lo que aparece es algo bastante más urgente y más útil. La necesidad de detenerse a pensar qué se volvió hoy la crítica después de años de desplazamientos, mezclas y desgaste. En ese gesto hay menos nostalgia que lucidez.
Uno de los frentes más claros es la relación entre crítica y curaduría. Ambas funciones se rozan, se superponen y por momentos se confunden. Esa cercanía no es nueva, pero sí parece haber modificado de manera decisiva el equilibrio dentro del sistema del arte. Mientras la curaduría ganó centralidad simbólica y operativa, la crítica fue perdiendo parte de la especificidad que antes le permitía ocupar otro lugar. No porque cada práctica deba encerrarse en su casillero, sino porque cuando los límites se vuelven borrosos también cambian los criterios, las mediaciones y las formas de validación.
El mercado es otro de los grandes fantasmas, aunque en rigor ya ni siquiera haga falta llamarlo así. Está demasiado a la vista. Durante mucho tiempo la crítica tuvo algún peso en la construcción de valor y en la orientación de públicos, coleccionistas o instituciones. Hoy esa gravitación parece haberse debilitado de forma notoria. No porque el mercado haya dejado de necesitar discurso, sino porque aprendió a producirlo por otras vías, con otros agentes y con una maquinaria de legitimación mucho más sofisticada. El problema no es solo que el crítico ya no ordene. El problema es que el ecosistema donde antes podía intervenir con cierta autonomía ahora está saturado de intereses cruzados, curadurías con efecto financiero, comunicación estratégica y una diplomacia del entusiasmo donde decir algo incómodo puede volverte rápidamente prescindible.
A eso se suma una cuestión bastante menos glamorosa y bastante más decisiva, que es la supervivencia material. El deterioro de la crítica no puede pensarse por fuera de las condiciones laborales en las que hoy se escribe. Escribe quien puede, y muchas veces puede quien diversifica, adapta, acelera, simplifica o cambia de función dentro del mismo campo. La crítica no fue desplazada solo por una mutación cultural o teórica. También fue empujada hacia un margen por una economía del trabajo que premia velocidad, circulación y volumen, mientras vuelve cada vez más difícil sostener tiempos largos de lectura, investigación y escritura analítica. Si el ensayo crítico hoy parece un lujo, no es solamente porque la sensibilidad contemporánea se haya vuelto más distraída. También es porque casi todo alrededor conspira para que no haya tiempo ni recursos para producirlo ni atención para recibirlo.
En ese punto, las jornadas tocan algo que excede largamente al mundo del arte. La discusión sobre la crítica se cruza con otra más amplia, la de los regímenes contemporáneos de atención, la fragmentación del pensamiento, la compulsión a medir impacto en tiempo real y la presión constante por volver cualquier contenido algo inmediatamente procesable. En ese contexto, la crítica deja de ser solo un género o una profesión. Se vuelve también una práctica de resistencia frente a un entorno que premia la reacción antes que la elaboración y la circulación antes que el juicio. El problema ya no es únicamente quién escribe sobre una muestra. El problema es si todavía quedan condiciones para sostener alguna forma de pensamiento que no esté enteramente colonizada por la urgencia.
La aparición de la inteligencia artificial vuelve esa pregunta todavía más actual. No tanto por el viejo miedo a que las máquinas escriban mejor, fantasía que suele entusiasmar sobre todo a quienes jamás editaron un texto con verdadera atención, sino porque obliga a precisar algo más básico. Cómo discernir. Cómo verificar. Cómo leer con sospecha. Cómo sostener un criterio cuando la producción de sentido se acelera, se automatiza y se vuelve cada vez más verosímil aunque no necesariamente más inteligente. En ese marco, la crítica recupera una función elemental. No la de dictar verdades, sino la de demorar reflejos, revisar fuentes, producir distancia y desconfiar incluso de aquello que suena impecable.
También resulta valioso que las jornadas no se piensen únicamente desde las artes visuales, aun cuando allí esté su base institucional. La propuesta busca abrirse a otras zonas de la crítica cultural, como teatro, cine o música, e incluir registros diversos entre ponencias, mesas y conferencias. Esa decisión forma parte del mismo diagnóstico. Si la crisis de la crítica no pertenece exclusivamente a un rubro, tampoco su revisión debería quedarse encerrada en una sola disciplina. Que abran Marita Soto y Elena Oliveras tampoco es un dato menor. Marca una voluntad de enlazar tradición, pensamiento y discusión pública sin resignar densidad conceptual.
Hay algo ligeramente irónico en todo esto. Durante años, buena parte del sistema del arte pareció bastante cómoda reemplazando crítica por difusión, juicio por networking, conflicto por tono correcto y lectura por circulación. Ahora que el paisaje está tomado por métricas, plataformas, branding personal y automatización, la crítica reaparece no como una reliquia heroica, sino como una herramienta de primera necesidad. Casi un insumo básico. Como si después de tanto entrenamiento en ser visibles hubiera vuelto a hacer falta algo bastante menos fotogénico, pensar.
Las Jornadas de la Crítica 2026 se harán del 14 al 16 de mayo en Fundación Proa, con modalidad presencial y virtual. Habrá conferencias plenarias, mesas de discusión y convocatoria a ponencias, con fecha límite de envío de abstracts el 6 de abril. Pero lo más interesante del encuentro no pasa solamente por esa información. Pasa por el hecho de que llega en un momento en que la crítica ya no puede hablar del mundo del arte sin hablar, al mismo tiempo, de su propia precariedad, de su captura, de sus mutaciones y de sus posibilidades de seguir siendo algo más que un pie de foto con aspiraciones.
Me hace profundamente feliz que estas jornadas vuelvan y que vuelva con ellas el juicio crítico. No entendido como dictamen altivo ni como deporte de la destrucción, sino como la posibilidad de leer con atención, pensar con rigor, tomar posición y decir que no todo da lo mismo. Dentro de una escena bastante acostumbrada a confundir circulación con sentido, visibilidad con valor y corrección con pensamiento, esa vuelta no tiene nada de menor. Es una celebración. Y es, quizás, una de las mejores noticias que puede dar hoy el campo del arte.




