

Por Julieta Ogando
Annette Werndl, Guillermo Bublik, Claudia Hassel & Leonard Gabriel
Espacio Vitriol

No es tan común ver una muestra que en realidad documenta una forma de trabajar. The Painters’ Prints no se organiza alrededor de un tema ni de una afinidad estética evidente, sino de algo más difícil de exhibir, una dinámica sostenida entre cuatro artistas que decidieron seguir trabajando juntos después de una residencia.The Painters’ Prints, presentada en Espacio Vitriol el 16, 17 y 18 de abril de 2026, reúne a Annette Werndl, Guillermo Bublik, Claudia Hassel y Leonard Gabriel, cuatro artistas que se conocieron en 2022 durante una residencia en Mana Contemporary, en Jersey City, y que desde entonces decidieron convertir esa coincidencia inicial en una dinámica sostenida. Después de repetir la experiencia en San Miguel de Allende en 2024 y en Ciudad del Cabo en 2025, el grupo llegó a Buenos Aires para trabajar otra vez en proximidad, esta vez con un foco concreto en el aprendizaje del grabado y con una muestra final como forma de cierre provisorio.
Lo más interesante del proyecto no es solamente el resultado visible, sino la insistencia. El ecosistema actual suele envolver la residencia en un aura de excepción, casi como si se tratara de una pausa fértil entre trabajos “reales”, pero acá aparece otra cosa. La residencia como rutina exigente. Como estructura. Como repetición deliberada. No se trata solo de cambiar de ciudad para ver qué pasa con el color o la luz, sino de construir una forma de trabajo entre pares, una continuidad hecha de tiempo, convivencia, cansancio, observación y conversación. La muestra deja ver eso. No la postal de Buenos Aires, sino el desgaste productivo de jornadas largas, de decisiones que no se resuelven rápido, de pruebas técnicas y de un aprendizaje que pasa por el cuerpo antes que por la idea.
Ese punto ordena la lectura de las obras. Si algo articula a los cuatro artistas es el color, pero no como terreno neutral. En Werndl, el color empuja la pintura hacia una intensidad casi sonora, con capas que se superponen, se raspan y vuelven a insistir hasta que la superficie parece no estabilizarse nunca del todo. En Hassel, en cambio, el color se vuelve sistema. Se organiza en planos, se ajusta a una economía más estricta, construye relaciones espaciales donde cada decisión parece haber sido filtrada varias veces. Si en una hay expansión, en la otra hay control.
Bublik se mueve en otro registro. Su trabajo no se apoya en la anécdota ni en la gestualidad, sino en una pregunta persistente por la forma y sus condiciones de aparición. Hay algo en su pintura que no busca representar el mundo sino pensar cómo se organiza. En la conversación aparecía una imagen insistente, la de un origen, un estado inicial donde todo estaba contenido en una misma masa y donde, en algún momento, esa continuidad se fractura. La línea y la geometría no aparecen entonces como un orden impuesto, sino como el resultado de una ruptura. Como si cada forma cargara todavía el recuerdo de un sistema más amplio que ya no está.
Leonard Gabriel introduce otra frecuencia dentro del conjunto. Si Bublik empuja hacia patrones y estructuras, Gabriel devuelve la escena a la escala del cuerpo. Sus figuras no buscan precisión académica ni virtuosismo descriptivo. Lo que importa es el gesto mínimo, la inclinación, la tensión en una postura, esa zona ambigua donde una emoción se vuelve visible sin necesidad de explicarse. Hay en sus pinturas una confianza bastante directa en la capacidad de reconocer en otro algo que ya se vivió. No como identificación sentimental, sino como memoria corporal.
En ese cruce, la muestra funciona mejor cuando se la lee como un sistema de traducciones antes que como una suma de lenguajes individuales. No se trata de borrar diferencias ni de celebrar la diversidad como consigna. Lo que aparece es una circulación. Werndl lleva el color hacia la materia y la intensidad. Hassel lo reduce hasta volverlo estructura. Bublik lo tensa en problemas de forma y ruptura. Gabriel lo usa para cargar de afecto a la figura. Esa convivencia no diluye singularidades, las vuelve más precisas. Cada uno parece ajustar su práctica en relación con los demás.
También hay algo valioso en el modo en que Buenos Aires entra en la ecuación. No como tema, ni como repertorio de signos reconocibles, sino como condición de trabajo. En lugar de absorber la ciudad como imagen, el grupo decidió atravesarla desde la técnica. Vinieron a aprender grabado. A someter la práctica a un procedimiento. Ese desplazamiento cambia todo. La ciudad deja de ser fondo y pasa a ser contexto operativo. Un lugar donde algo se aprende, se prueba y se sostiene en el tiempo que dura la residencia. En vez de extraerle un color local rápido, la usaron como taller.
Hay, además, una dimensión que conviene no subrayar demasiado pero que sostiene el conjunto. Estas residencias no son un episodio aislado dentro de una trayectoria individual. Son una decisión repetida. Lo que empezó como una experiencia compartida en un marco institucional se transformó en una práctica autónoma que se rehace en distintas geografías. Eso implica logística, tiempo, dinero, energía. Implica insistir cuando no hay garantía de resultado. Acá aparece una versión menos retórica de las "redes" y la "comunidad". No como concepto, sino como práctica sostenida.
También conviene leer esa insistencia en un contexto más amplio. En un sistema del arte cada vez más acostumbrado a la circulación rápida, al networking dicho en voz baja pero operado en voz alta, estas residencias repetidas entre artistas recuperan algo menos marketinero y bastante más arduo, la construcción de una temporalidad común. No se juntan solo para exhibir. Se juntan para trabajar. Parece obvio, pero no lo es tanto. En una escena que muchas veces premia la visibilidad antes que el espesor, decidir volver a encerrarse a producir, aprender una técnica y someter la práctica al roce cotidiano tiene algo discretamente contracultural.
Eso no significa que la muestra sea homogénea ni que todo funcione con la misma intensidad. Justamente porque el dispositivo es fuerte, expone diferencias. Hay momentos donde el relato de la residencia sostiene más que algunas resoluciones puntuales. Pero esa irregularidad no debilita el conjunto. Al contrario, lo vuelve más legible como proceso. Le quita la capa de perfección que muchas exhibiciones necesitan para funcionar y deja ver algo más incómodo pero también más real, el trabajo en curso.
Y ahí aparece también su mejor diferencia respecto de tanta muestra de cierre. The Painters’ Prints no se refugia en la prolijidad del resultado ni en el pequeño decorado internacional de cuatro trayectorias reunidas por azar. Cuando funciona, funciona porque deja que el proceso se vea sin convertirlo en fetiche. No vende una armonía perfecta. Expone una convivencia de lenguajes, ritmos y obsesiones que a veces encastra y a veces no del todo. Esa falta de pulido total no le juega en contra. La salva de convertirse en una vidriera correcta.
Lo que queda, entonces, no es solo un conjunto de obras, sino una tesis práctica sobre cómo sostener una producción artística sin entregarla por completo ni al aislamiento del estudio ni a la sociabilidad vacía del circuito. The Painters’ Prints vale menos por la promesa de una identidad grupal cerrada que por la prueba, todavía abierta, de una alianza de trabajo. Y en ese punto acierta de lleno. No porque todo quede resuelto, sino porque deja ver algo que en el arte contemporáneo no siempre aparece con claridad, que la dinámica de trabajo también produce forma.





