Por Julieta Ogando
Lucas Gutierrez
ArtLab
viernes, 6 de febrero de 2026
Cuando el pixel se vuelve materia y la obsolescencia deja de ser excusa
Esferas digitales, la muestra que inauguró anoche Lucas Hernandez en ArtLab, llega con un pequeño dato político camuflado de anécdota: es su primera exposición en Argentina (y se siente, en el buen sentido, como algo que tenía que pasar hace rato). En la charla de apertura, la palabra justa no fue ‘volver’ sino ‘aparecer’. Por primera vez expone en Argentina, y hacerlo en Buenos Aires no lo devuelve a un origen sino que lo reordena—Catamarca y Córdoba como genealogía, Berlín como presente.
El recorrido arma un triángulo de soportes que no se “ilustran” entre sí, sino que se rozan: piezas audiovisuales y visualizaciones que aún conservan ese brillo de render que no pide permiso; textiles y tapices que ocupan la sala como si fueran pantallas con memoria larga; y objetos en vidrio que, esta vez sí, meten el cuerpo humano en el circuito—respiración, error, fisura, mano. En la charla Lucas habla explícitamente de los tapices, el trabajo con vidrio y metal, y una frase-obra que suena a amenaza, pero funciona como método: ‘I will replace AI’.
Lucas viene de una práctica digital atravesada por cultura remix y performance audiovisual, con base en Berlín, y con un pasado en diseño industrial que no opera como dato curricular sino como un tipo de obsesión. Volver al objeto, a la serie pequeña, a la ingeniería del detalle. Esa pulsión aparece en cómo justifica el título: no “esfera” como metáfora decorativa, sino como forma dominante visual y como idea de interioridad—lo que existe adentro de la esfera, lo que se refleja en loop, lo que arma ecosistema.
El acierto de Esferas digitales es que no confunde “digital” con “inmaterial”. Lo digital acá no se presenta como un fantasma limpio, sino como una fábrica de superficies. Hay seducción cromática, textura, grano, un tipo de sensualidad que no se disculpa por ser atractiva ni se esfuerza por parecer austera.
En ese sentido, los tapices no funcionan como “traducción” de lo audiovisual, sino como demostración material de un punto teórico. La historia de la computación y la del telar están más emparentadas de lo que solemos admitir cuando nos conviene seguir creyendo en la novedad. La trama textil opera como una suerte de “resolución” expandida. Lo que en pantalla sería pixel, acá se vuelve fibra/impresión/granulado. Y la escala—monumental—es parte del argumento, te obliga a mirar con el cuerpo, no solo con el ojo entrenado en scroll.
La muestra también trabaja, sin subrayarlo didácticamente, un tema que suele tratarse con sermón: la obsolescencia. Lucas lo cuenta con una imagen perfecta por lo antiheroica: escaparse del software, de los updates, de los plugins, hacia materiales “ancestrales” para ganar permanencia… y encontrarse con que incluso un color tiene vencimiento de stock.
Ahí la muestra pisa fuerte. No hay refugio puro. Ni el textil te salva del tiempo, ni el vidrio te devuelve una eternidad garantizada. Lo que cambia es el tipo de dependencia. Del plugin pasás al proveedor; del update pasás al lote de tinte; del bug pasás a la fisura de un molde.
Y si el discurso contemporáneo te vendió que lo digital es el reino del control, Lucas mete una cuña: el error no es un accidente a esconder, es un modo de producir. En la charla, ante una pregunta sobre el “zoom” —esa compulsión por acercarse a una superficie que en rigor no existe— apareció un puente directo hacia el glitch. Primero como falla técnica, después como efecto domesticado y estetizado, casi convertido en plugin, y finalmente como comparación con el vidrio, donde la fisura ya no puede “resetearse” y queda como marca del desacople humano.
La muestra no dice “aceptemos el error” como eslogan terapéutico. Nos muestra cómo el error se fabrica, se manipula, se exhibe, se tapa o se vuelve deseable según el régimen de imagen en el que estés trabajando.
El título abre una lectura menos obvia que “burbujas algorítmicas”, aunque esa capa está habilitada desde el arranque. La esfera, para Lucas, no es solo un volumen, es un modo de pensar la práctica como ecosistema cerrado con reflejo interno—un loop que vuelve sobre sí mismo.
Ahí hay una intuición potente para leer cultura digital hoy. No tanto “lo nuevo” contra “lo viejo”, sino islas de tecnología conviviendo, cada una con su temporalidad, su desgaste y su promesa de futuro.
La muestra también hace algo que me interesa particularmente. Corre la discusión de AI del lugar donde suele estancarse, la mezcla de pánico moral y fascinación por el truco. “I will replace AI” puede leerse como provocación, claro, pero sobre todo como reposicionamiento. No se trata de competir con la máquina en productividad, sino de defender una zona de decisión y de mano—de mediación. Lucas se describe como alguien que está “en el medio”, filtrando señales/protocolos, decidiendo qué pasa y qué no pasa.
Esa frase, si la llevamos al terreno curatorial, es una definición de autoría bastante más interesante que “yo hice esto con tal software”.
Aparece también la microfísica del pixel pero no como un fetiche técnico. Es un modo de pensar escala y poder. Cuando Lucas insiste en el zoom, en la lupa digital, en el 4K y la idea de “ver más” sin garantía de belleza, está diciendo algo incómodo: la alta definición no es progreso moral. Puede ser simplemente otra forma de violencia óptica.
Reventar el pixel, entonces, no es romper por romper: es sabotear la fantasía de transparencia.
Finalmente, hay una operación conceptual que termina de cerrar el arco: una de las obras nació para un formato fulldome/planetario y se adapta a sala, es decir: pasa de esfera a círculo, de lo volumétrico a lo planimétrico.
Ese pasaje no es una nota técnica; es parte de la tesis. Lo digital, acá, se piensa como ambiente (esfera) pero se experimenta como superficie (pantalla/tapiz). El punto crítico es el cuerpo del espectador: ¿estás adentro o estás mirando desde afuera? ¿Estás inmerso o estás “consumiendo imagen”? La muestra no responde; te acomoda para que esa pregunta te incomode un rato.
Lo mejor de Esferas digitales es su coherencia sin rigidez: no hay una obra estrella que se coma a las demás, sino un sistema de tensiones bien calibrado entre seducción visual y fricción conceptual. Los tapices tienen peso literal y simbólico, suspenden la velocidad del render y la vuelven presencia. El vidrio introduce un tipo de error que no se puede simular del todo sin caer en caricatura, porque el error humano no es un preset. Y lo audiovisual, lejos de ser “lo obvio” en un artista digital, aparece como el campo donde se decide la ética del control: qué se deja pasar, qué se manipula, qué se encuadra.
Dicho eso, el riesgo de la muestra—y lo digo como riesgo productivo, no como golpe bajo—es su cercanía con una estética contemporánea que ya circula demasiado fácil: color + caos + metafísica. Lucas lo domina (y por momentos lo afila), pero el contexto cultural actual hace que esa lengua visual esté a un paso de ser “consumida” como ambiente instagrameable antes de ser leída como problema. La buena noticia es que la muestra tiene defensas internas contra esa domesticación. La obsolescencia del color, el glitch como fisura real, el pasaje de volúmenes y planos.
Son detalles que pinchan la burbuja; y pinchar burbujas también es una práctica digital saludable.
Esferas digitales no viene a evangelizar sobxre tecnología ni a hacerle bullying a la máquina. Viene a mostrar que lo digital no es un tema, ya es un clima. Y que, si hoy todo tiende a volverse superficie optimizada, hay algo políticamente valioso en insistir con la materia, con el error y con esa frase que suena a bravuconada pero opera como método: reemplazar AI no con nostalgia, sino con una artesanía de decisiones.









