

Por Julieta Ogando
Pablo Accinelli, Nicanor Aráoz, Patricia Ayres, Andrés Bedoya, Diego Bianchi, Federico Cantini, Paula Castro, Eduardo Costa, Elena Dahn, Jimmie Durham, Dolores Furtado, Fernanda Gomes, Kati Horna, Lynn Hershman Leeson, Estefanía Landesmann, Martín Legón, Mariana López, Tomás Maglione, Fabián Marcaccio, Rivane Neuenschwander, Juane Odriozola, Damián Ortega, Dan Perjovschi, Amalia Pica, Marcelo Pombo, Valeska Soares, Adrián Villar Rojas
Fundación Proa
jueves, 15 de enero de 2026

La muestra arranca con una frase que funciona como diagnóstico y como disparador: el orden imposible del mundo. Suena a época, suena a feed, suena a esa sensación contemporánea de que todo se superpone y nada termina de cerrar. Y, al mismo tiempo, suena a un desafío que el museo decide asumir sin esconderlo: cómo traducir esa imposibilidad a un recorrido, a una secuencia de salas, a una experiencia con ritmo, con pausas, con remates. El desorden entra por la puerta de Proa y se vuelve una dramaturgia espacial que lo vuelve legible sin domesticarlo del todo.
Hay una tensión interesante que la propia exposición deja a la vista y que vale la pena mirar de frente. Si cualquier intento de ordenar es frágil, parcial, provisorio, ¿qué pasa cuando ese intento ocurre dentro de una institución cuyo trabajo es proponer condiciones de lectura? Lejos de invalidar la propuesta, esa tensión le da espesor. El museo no es un espejo neutro del mundo, es un dispositivo de recorte y de énfasis, y Proa, con su arquitectura precisa y su coreografía espacial, potencia esa dimensión. El gesto curatorial de Lemus no es “mostrar el caos” como espectáculo, sino componer un mapa de inestabilidades, decidir qué fricciones poner en contacto y desde qué posiciones mirarlas.
En el texto de presentación aparece una idea muy de época: vivimos saturados de imágenes, nada termina de asentarse, lo contingente manda. Es un punto de partida reconocible. Lo interesante es cómo la muestra no se queda ahí y lo trabaja desde el montaje, como si propusiera un antídoto doble. Por un lado, la monumentalidad como forma de resistencia al olvido, obras que se apropian del espacio, que insisten con presencia, que ocupan. Por otro, una economía de medios y una urgencia material donde lo mínimo no funciona como “detalle” sino como prueba de que el impacto no depende de la escala.
Esa conversación entre lo grande y lo pequeño, entre permanencia y precariedad, entre archivo y cotidiano, arma un pulso claro en el recorrido. La exposición habla de inestabilidad, pero no la deja en el aire. La organiza en contrastes que te permiten sentirla en el cuerpo y volver a mirarla desde distintos registros.
Ese orden, además, no aparece de la nada. Se sostiene en condiciones muy concretas que la muestra nombra y vuelve visibles, el entramado de colecciones privadas y el apoyo corporativo que hacen posible una exposición de esta escala. Balanz, Oxenford, Cherñajovsky, Tenaris–Ternium. Lejos de ser un dato administrativo, eso también forma parte del marco de lectura, porque habla de cómo circulan hoy las obras, cómo se activan en lo público y qué tipo de infraestructura necesita una muestra para existir.
La exposición pone en valor esa mediación y no lo oculta. Presenta al coleccionismo como puente y, en efecto, hay algo potente en que piezas que suelen vivir en un circuito más privado se vuelvan experiencia compartida. Al mismo tiempo, esa visibilidad abre preguntas interesantes para mirar con más precisión. ¿Qué clase de desorden puede entrar al museo y volverse monumental? ¿Qué tipo de precariedad puede mostrarse como experiencia sin perder su filo o su riesgo?
El texto de sala insiste con otra imagen que funciona bien como clave, la exposición como “paisaje romántico”, una naturaleza construida que sustrae al espectador de lo cotidiano y lo entrena en otra forma de atención. En Proa, esa idea se siente como una invitación a bajar la velocidad y dejarse guiar por el montaje. El museo aparece como un espacio de suspensión, un lugar donde el mundo no se explica, pero sí se reordena lo suficiente como para que la mirada pueda volver a enfocarse.
En ese punto el título se vuelve una promesa más sensorial que conceptual. No se trata tanto de salir con una respuesta, sino de salir con conexiones. No hay tesis cerrada, hay afinidades porosas. Y esa porosidad, más que ausencia de forma, es una forma en sí misma. En lugar de dictar “esto significa esto”, el recorrido trabaja por proximidades, por tensiones y por climas. La libertad del espectador está ahí, pero acompañada por un mapa sutil que se va armando sala a sala, archivo, ciudad, cotidiano, arqueología, taller.
Mi impresión, entrando a esa lógica, es que “orden imposible” funciona como una frase anfibia. Describe un clima de época, pero también nombra una aspiración del arte contemporáneo, la de no quedar reducido a una lectura única. Es una manera de pedir tiempo y complejidad en un contexto que empuja al resumen. La muestra, en ese sentido, invita a mirar más lento y a tolerar que el sentido no se cierre enseguida. Y el museo, con su propio lenguaje, hace algo complementario, ofrece un marco de legibilidad para que esas fricciones puedan sostenerse en el espacio sin convertirse en ruido.
Ahí aparece un dato que vale la pena incorporar a la lectura. El “orden imposible” se vuelve posible como exposición gracias a soportes muy concretos. Infraestructura, colecciones, logística, acuerdos, capital simbólico. Que haya auspicio industrial no cancela la idea de inestabilidad, más bien la vuelve más interesante, porque recuerda que lo contemporáneo no existe en abstracto. Se produce con condiciones materiales. El desorden, cuando entra al museo, entra acompañado por una estructura que lo hace transitable y visible. A veces esa estructura se percibe de fondo. A veces se vuelve parte de la experiencia, casi como otra capa del dispositivo.
Esa es, para mí, una buena puerta de entrada a la muestra. No tanto preguntarse si “retrata” nuestra época, sino observar qué operación hace con ella cuando la convierte en recorrido. Cómo transforma un diagnóstico general en una serie de escenas, cómo dosifica tensiones, cómo organiza preguntas sin clausurarlas. Si lo que nos deja es solo contemplación o, además, una incomodidad productiva que te obliga a ajustar la mirada. Y, sobre todo, si consigue que por un rato el mundo no se ordene para tranquilizar, sino para volverse más visible en sus costos y en sus contradicciones.
Si el título promete inestabilidad, el recorrido hace lo que hacen los buenos dispositivos expositivos, te permite sentirla sin convertirla en una experiencia hostil. La muestra no se organiza como una tesis con ejemplos, sino como una coreografía de umbrales. Se pasa de un régimen de atención a otro, de una temperatura a otra, con la sensación de que el sentido no se entrega explicado, sino que aparece por cercanía, por contacto, por asociaciones que se activan mientras caminás. El “orden imposible” no es solo un tema. También es una forma de orden que no se anuncia como tal, pero se sostiene con una precisión notable.
La exposición funciona por capítulos sueltos, sí, pero cada capítulo propone un modo de mirar entrenado por el espacio. El montaje te orienta sin subrayar. Te sugiere dónde detenerte, desde qué distancia conviene mirar, qué ritmo tomar, cuánto pedirle al cuerpo antes de pasar al siguiente clima. En Proa, donde la arquitectura es clara y muy legible, eso se potencia. El edificio no compite con el montaje, lo vuelve nítido, lo hace funcionar como una guía silenciosa.
El texto curatorial habla de “paisaje romántico” y esa idea se siente en cómo las obras aparecen como hitos dentro de un terreno diseñado para el recorrido. No es el romanticismo del extravío, es el del paseo atento. Un tipo de sublime contemporáneo que no busca desbordarte, sino graduarte la experiencia. La muestra propone otra forma de atención y lo hace a través de secuencias de escala, de lo monumental a lo mínimo, de lo envolvente a lo puntual, como si el montaje marcara el pulso sin volverse evidente.
Ahí está una de sus virtudes. Maneja la percepción con una economía de recursos muy consciente. Cuando una sala apuesta por saturación o presencia fuerte, la siguiente suele abrir espacio para respiración, detalle, gesto. No es azar. Es dramaturgia espacial, una alternancia de tensión y alivio que mantiene el recorrido vivo y hace que cada cambio de registro se sienta como un ajuste real de la mirada.
La exposición propone un diálogo entre dos fuerzas que se van alternando con inteligencia. La monumentalidad que organiza el espacio y la urgencia material que insiste en que la potencia no depende de la escala. Son dos modos de afectar al espectador. Uno entra por el cuerpo, por la escena ya armada, por un centro gravitacional que te captura antes de que puedas ponerle palabras. En Proa, además, lo monumental dialoga muy bien con el edificio. La arquitectura acompaña esa decisión y la vuelve más nítida, como si el espacio estuviera hecho para que ciertos trabajos tomen sala y dicten el clima.
La economía de medios juega otro partido y la muestra lo entiende. Para que lo mínimo no se pierda, necesita condiciones precisas, tiempo, proximidad, luz, un ritmo que te deje bajar la velocidad. Cuando el recorrido logra eso, la experiencia cambia de textura. Lo pequeño deja de ser transición y se vuelve foco. Te obliga a ajustar el ojo y a aceptar que lo decisivo puede aparecer casi sin volumen, como una fricción perceptiva que no hace espectáculo de sí misma.
En ese sentido, la curaduría trabaja con una porosidad bien entendida, no como dispersión, sino como método. En lugar de un relato lineal con conclusiones, arma relaciones sugeridas. No te empuja con flechas, te orienta con atmósferas y con rimas entre salas. La secuencia de climas termina formando un mapa mental bastante firme, pero sin sentirse como un recorrido impuesto. Más que renunciar al orden, lo vuelve flexible, capaz de sostener conexiones sin clausurarlas.
Lo más interesante del montaje no está en lo que te explica, sino en cómo hace aparecer relaciones que se sienten vivas, casi inevitables, sin necesidad de subrayado. Los vasos contra una pared en Pica, cerca de las barreras improvisadas de Neuenschwander, hace que la escucha se vuelva ciudad y que la ciudad se vuelva rumor. La hilera de banderas de papel de cocina de Odriozola introduce la identidad como algo doméstico, vulnerable, insistente. El espacio funciona como un editor atento que organiza cortes y rimas visuales, no para cerrarte una lectura, sino para habilitar conexiones que se activan caminando.
También aparece con claridad algo propio de Proa. Su blanco no es un vacío neutro, es un lenguaje. Y la muestra lo usa con inteligencia, modulando el edificio como si fuera parte del argumento. Cuando necesita concentración, el cubo blanco se vuelve un marco de gravedad. Cuando necesita ciudad, el espacio se puebla de obstáculos y te obliga a negociar el paso. Cuando necesita taller, la institución se permite mostrar su cocina sin convertirla en puro gesto, sosteniendo esa tensión entre orden y ensayo que atraviesa toda la exposición.
Visto así, la muestra funciona como una lección amable y precisa sobre cómo el museo contemporáneo puede trabajar con la crisis sin reducirla a un eslogan. No la niega, la pone en escena. No la “resuelve”, la vuelve experiencia de atención. Y el orden, lejos de desaparecer, se vuelve sensible, modulable, atento al cuerpo del espectador. Se sale con la sensación de haber transitado un mundo inestable, pero con una coreografía que te permite percibir esa inestabilidad en distintos registros, de lo monumental a lo mínimo, de lo conceptual a lo físico.
El gesto de invitar a Diego Bianchi a curar y diseñar la última sala no es un agregado, es una decisión estructural. Ahí el montaje deja de funcionar como soporte silencioso y pasa a ocupar un lugar central en el argumento. La muestra se permite volver visible su propio detrás de escena, no como confesión, sino como una forma de pensar en voz alta cómo se arma sentido en una sala.
En esa operación aparece una tensión productiva que atraviesa todo el recorrido. Por un lado, la lógica curatorial que propone relaciones, ritmos y pasajes. Por otro, la lógica del taller, donde el orden se prueba, se ajusta, se sostiene con lo que hay, sin prometer resolución definitiva. La sala Bianchi introduce un cambio de temperatura. El orden se vuelve más provisional, más doméstico, más urgente, pero no por eso menos preciso. Lo que cambia es el tipo de autoridad que lo sostiene, ya no la del museo que estabiliza, sino la del hacer que ensaya.
La exposición, entonces, no solo reúne obras. También muestra modos de organizar el mundo, de darle forma a lo inestable sin clausurarlo. En ese punto, “orden imposible” deja de ser un título sobre el afuera y se vuelve una pregunta hacia adentro, qué clase de orden produce el arte cuando decide no reducir la experiencia a una lectura única.
Y ahí el dispositivo espacial termina de hacer su trabajo más convincente. No te entrega una tesis cerrada, te entrega un recorrido corporal que atraviesa distintas escalas, tiempos y proximidades. En ese movimiento, la idea de inestabilidad no se explica, se experimenta. La muestra te entrena en una atención que no busca cerrar el mundo, sino sostenerlo un rato en estado abierto.
Soares + Legón
La muestra arranca donde muchas exposiciones contemporáneas encuentran un punto de apoyo, en el archivo. No porque sea un tema “tranquilo” (no lo es), sino porque el archivo ofrece una ilusión de método. Ordenar, clasificar, nombrar. Todo eso suena a mundo que todavía obedece. La gracia acá es que la sala hace lo contrario. Usa el archivo para mostrar que el orden siempre fue una puesta en escena. Que archivar no es conservar el pasado, es producirlo.
Valeska Soares te recibe con un calendario incompleto a propósito. La obra entera reúne 365 tapas de libros, una por cada día del año, organizadas por estaciones, pero en Proa aparece solo un recorte por escala. Son 93 piezas, las correspondientes a primavera. La estructura es perfecta en su promesa. Ciclo, repetición, orden. Algo en el cuerpo se relaja porque cree reconocer un sistema. Y sin embargo, el sistema enseguida se te escapa. No hay libro, no hay lectura lineal, no hay relato que puedas “seguir”. Lo que hay es un conjunto de títulos e imágenes desprendidos de su función. Como si el archivo acá no guardara contenido, sino promesas de contenido.
A pocos metros, Martín Legón trabaja desde el polo opuesto. No el archivo como deriva afectiva, sino como burocracia monumental. Su instalación se arma como un memorial. Cajas, inscripción de lápida en el piso, esa estética administrativa que en Argentina tiene un olor reconocible a papeleo, inventario, lo que queda cuando la vida se reduce a expediente.
La sala, entonces, te pone en medio de dos mecanismos de memoria. Uno que seduce por asociación y otro que pesa por estructura. Entre ambos, el archivo deja de ser “tema” y se vuelve forma de experiencia.
Soares desmaterializa el libro. No es un gesto simplemente conceptual, es una operación muy contemporánea que convierte la lectura en interfaz. La tapa como thumbnail. El título como anzuelo. Un archivo de portadas que se comporta como feed cultural donde cada pieza es un disparador y al mismo tiempo una puerta cerrada. No accedés al interior, accedés a tu memoria del interior, o a tu fantasía de interior.
Y ahí aparece lo más fino de la obra. La instalación no te pide que “recuerdes lo que leíste”, te pide que reconozcas cómo la cultura te habita por fragmentos. La memoria no es biblioteca, es catálogo incompleto. Cada espectador arma su propio recorrido no por saber, sino por identificación, por choque, por un detalle que te llama (Barthes diría punctum, pero acá el punctum no está en la fotografía, está en el título que te toca un nervio). Soares te hace caminar entre signos que parecen universales y resultan íntimos. El archivo como prueba de que lo colectivo se mete en el cuerpo a través de pequeñas marcas.
Legón, en cambio, trabaja con el archivo como maquinaria social. En La fenomenología el archivo burocrático se vuelve un registro denso de micro-existencias. Cada caja guarda algo mínimo o guarda nada, y esa nada está registrada. El gesto tiene humor, pero es el humor del que entiende que el sistema no siempre necesita sentido para funcionar. Le alcanza con el formulario.
Formalmente, hay algo muy argentino en esa conversión del archivo en memorial. La caja como contenedor de restos, la inscripción como ritual de legitimación. No es solo “lo administrativo”, es lo administrativo como teología laica. El mundo existe si puede ser inventariado. La vida pasa, el archivo la persigue con una linterna.
Lo interesante de esta sala es que no idealiza el archivo como “memoria”. Lo muestra como dispositivo de poder blando. Decide qué entra, qué se nombra, qué queda afuera. En Soares eso aparece de manera casi amable. La lectura imaginada como experiencia en movimiento, dependiente de cada espectador. Y esa amabilidad tiene un efecto preciso, la obra te recuerda que gran parte de tu cultura se activa por superficies. Títulos. Portadas. Señales.
En Legón el movimiento es más directo. El archivo como burocracia existencial. Lo que la obra dramatiza no es “qué recordamos”, sino cómo se administra lo recordable. Hay una fenomenología del resto. Lo trivial elevado a reliquia, lo vacío convertido en dato. Y en esa operación aparece una crítica cultural muy contemporánea, la obsesión por registrar no necesariamente produce comprensión. Produce trazabilidad. Produce control. Produce la sensación de que, si todo está guardado, entonces algo permanece. Pero lo que permanece es el mecanismo, no la vida.
Entre ambos trabajos, el archivo deja de ser un refugio contra el caos y se vuelve una forma del caos. Un caos ordenado, sí. Un caos con cuadrícula. Pero caos al fin, fragmentos, restos, títulos sueltos, cajas con nada.
Como primer capítulo, esta sala es eficaz porque instala el tema central de la muestra sin decirlo de manera abstracta. El “orden imposible” aparece como tensión entre sistema y experiencia. Soares nos da el sistema (calendario, estaciones) para que vivamos la deriva. Legón nos da la deriva (lo mínimo, lo absurdo, lo vacío) dentro de un sistema monumental (archivo/memorial). En ambos casos, el orden se revela como una prótesis, algo que usamos para soportar lo que no cierra.
El riesgo es otro. Que el archivo, por ser un lenguaje muy reconocible en el arte contemporáneo, funcione como una entrada de lectura inmediata. Es decir, empezamos por un terreno de legitimidad discursiva. Eso le da solidez a la muestra y, a la vez, marca un arranque con coordenadas claras. Lo que vuelve potente la sala es que las obras no se quedan en la idea. Te hacen actuar. Con Soares, caminás como quien busca algo que no sabe si existe; en Legón, te enfrentás a la forma institucional de la muerte cotidiana, donde nos reducimos a índice.
Si esta sala fuera solo “archivo y memoria”, sería un capítulo más. Lo que la vuelve necesaria es que plantea, desde el primer paso, una pregunta que va a volver más adelante con otras materialidades: ¿qué tipo de permanencia fabrica el arte cuando el mundo no ofrece ninguna? Y, mejor todavía: ¿cuánto de esa permanencia es consuelo y cuánto es administración del consuelo?
Neuenschwander + Pica + Dahn + Odriozola
Después del archivo, la muestra nos suelta en la ciudad. O mejor, nos mete en una ciudad sintetizada, una maqueta que no pretende representar un lugar sino el tipo de lógica que nos gobierna cuando caminamos. La sala cambia el régimen, ya no estamos frente a sistemas de memoria, estamos dentro de sistemas de circulación. Y ahí el “orden imposible” se vuelve más físico. Obstáculo, borde, rumor, superficie.
Rivane Neuenschwander instala sus Public Barriers como una especie de urbanismo de baja confianza. Barreras que existen para delimitar, pero que casi nunca delimitan del todo. Cercas improvisadas, materiales híbridos, madera. La obra no se impone como escultura central; se comporta como infraestructura, nos marca un camino sin trazarlo por completo. En la ciudad real eso se llama “obra en construcción”. En el museo, se vuelve coreografía. Son límites que señalan más de lo que contienen, es urbanismo como performance.
Lo primero que hace la sala, entonces, es quitarte la comodidad de espectador frontal. No mirás desde afuera. Te movés “a cierta distancia”, como dice el título, midiendo el cuerpo. Dónde paso, dónde me detengo, qué rodeo. El espacio te entrena en algo básico y muy contemporáneo, la atención distribuida. Mirar no es contemplar, es navegar.
Neuenschwander arma un orden a partir del azar, pero no como capricho romántico sino como lectura urbana. En Brasil, esas barreras públicas son parte del paisaje de lo provisorio permanente. No están solo para proteger, están para señalar que algo está pasando, que hay un límite, aunque ese límite sea más performativo que real. En sala, ese carácter performativo queda expuesto. La obra funciona como un recordatorio de que la ciudad está llena de “señales” que orientan sin prometer certeza, y que aun así organizan nuestros recorridos.
Amalia Pica toma un gesto doméstico y lo vuelve dispositivo público. Los vasos apoyados contra la pared para “escuchar” del otro lado. Es un acto simple y profundamente humano. Creer que, con una herramienta mínima, vamos a acceder a lo que nos queda cerca pero no del todo disponible. En Eavesdropping (2011), Pica convierte el gesto doméstico del vaso contra la pared en una interfaz pública, promete líneas acústicas invisibles, pero el resultado suele ser un loop cruelmente honesto, escuchar el entorno y escucharte a vos mismo intentando escuchar.
Formalmente, los vasos son también línea, repetición, dibujo espacial. Pica hace algo que parece inocente, casi escolar, y sin embargo instala una tensión real. Estamos en público intentando escuchar en privado. El museo, que suele separar esos dominios con cortes nítidos, acá nos deja en el borde: “podés intentar, pero no esperes comprender del todo”. Una pedagogía bastante honesta.
Elena Dahn trabaja en la pared como si fuera cuerpo. El yeso aplicado in situ conserva el rastro del gesto, pero no como “expresividad” grandilocuente sino como señalamiento material. La incorporación de pigmentos transforma lo que debería ser neutro en algo cargado, tensión, gravedad, memoria. Hay una doble operación. Por un lado, la pared deja de ser soporte invisible y se vuelve presencia; por otro, el gesto performático queda fijado como marca arquitectónica. Es un trabajo de borde entre escultura y performance, entre construcción y accidente.
En una sala atravesada por obstáculos y señales, Dahn es como una grieta cromática. No nos bloquea el paso, nos cambia la percepción del espacio. Nos recuerda que la ciudad también es eso, superficies que parecen mudas hasta que un detalle te muestra que están cargadas de historia.
Juane Odriozola mete el tema político por la puerta más baja, el papel de cocina. Su instalación de banderas pintadas a mano (más de treinta, en hilera) toma un símbolo duro (identidad, territorio, poder) y lo materializa en un soporte doméstico, absorbente, descartable. La inversión no es solo “bandera doméstica”, es insistencia manual. Cada módulo exige trabajo fino y, sin embargo, el soporte sigue siendo lo que es, papel absorbente. Ahí aparece la pregunta por el valor, no como discurso sino como fricción material.
Acá el “orden” aparece como grilla, como sistema abstracto, pero encarnado en un material que se arruga, que absorbe, que se mancha. Una geometría vulnerable. Una bandera que no promete solemnidad: la sostiene una materialidad que la vuelve frágil.
Esta sala funciona como una lección bastante precisa sobre cómo lo cotidiano organiza lo social sin necesidad de grandes relatos. Barreras, vasos, yeso, banderas de papel. Objetos y gestos mínimos que operan como interfaces y que te recuerdan algo clave. El mundo no se ordena solo con leyes abstractas, se ordena con micro instrucciones. Y ahí, más que en cualquier frase de texto curatorial, se vuelve tangible el eje de la muestra. No es únicamente un mundo inestable. Es un mundo saturado de señales pequeñas que intentan orientarte mientras te muestran, al mismo tiempo, que la orientación siempre es parcial.
Neuenschwander arma una señalética improvisada que modela la circulación sin terminar de imponerla. Sus barreras son cercas que deberían proteger pero terminan dibujando una coreografía ambigua. Marcan un camino y, a la vez, lo vuelven discutible. Pica, en cambio, convierte el deseo de saber en una escena muy efectiva. Los vasos multiplicados contra la pared prometen acceso a una información secreta, pero lo que devuelven suele ser el ruido del entorno o tu propio susurro. La escucha aparece como fantasía de control y como límite estructural. Dahn, con la marca de yeso y pigmento sobre el muro, te baja del plano de la metáfora a la evidencia física. La arquitectura queda como archivo del gesto y del cuerpo, una superficie que registra tensión, gravedad, memoria, como si el edificio hubiera sido tocado y eso no se pudiera borrar del todo. Odriozola completa el circuito con una fila de banderas hechas de papel de cocina pintado a mano. Repite, acumula, insiste. La identidad entra como diseño y sale como doméstico. El símbolo se vuelve frágil, absorbente, literal.
Todo esto arma una ciudad sin épica, donde el conflicto no está en los grandes acontecimientos sino en la fricción constante entre lo público y lo privado, entre el intento de ordenar y la evidencia de que ese orden es precario. Es un paisaje de signos que no garantizan: te dicen “por acá”, “escuchá”, “mirá”, “pertenecés”, y lo que te dejan es una mezcla de orientación e incertidumbre.
Si el archivo de la sala anterior era un sistema que promete permanencia, esta sala es un sistema que promete orientación. Y se vuelve interesante justamente en esa distancia entre promesa y experiencia. Funciona con esa oscilación, como la ciudad misma.
La sala tiene una virtud clara. Logra que la economía de medios no sea una pausa entre obras monumentales, sino un capítulo con densidad propia. No te “descansa” la vista, te cambia el tipo de exigencia. Tenés que afinar percepción, entrar en el juego de señales y contra-señales.
Lo mejor aparece cuando las obras se leen entre sí sin necesidad de texto explicativo. Los vasos de Pica, puestos en relación con las barreras de Neuenschwander, te hacen sentir que la ciudad es una coreografía de escuchas parciales en la que intentamos captar, delimitar, entender, pero siempre desde una distancia. Dahn añade el espesor físico, el cuerpo dejó marca, el muro ya no es neutral. Odriozola cierra con una imagen sencilla y potente, el símbolo máximo sostenido por el material menos heroico posible.
El riesgo, si hay uno, es que esta sala se lea en clave de “guiño” o de ingenio formal. Objetos cotidianos, gestos pequeños, resonancias urbanas. Pero si la seguís un poco más, la sala sostiene otra cosa: una mirada bastante precisa sobre cómo la vida contemporánea se organiza por capas de señales y micro-reglas. Acá la estructura no es un gran relato, es una suma de cosas menores que nos guían sin necesidad de imponerse como ley.
En términos de la exposición completa, esta sala cumple una función clave. Baja la abstracción del “orden imposible” al nivel donde de verdad opera. No en el discurso sobre la época, sino en la materialidad del día a día. En el vaso que no escucha, en la barrera que no protege, en la pared que deja de ser neutra, en la bandera que se desarma. Y ahí, por un momento, el museo deja de ofrecer un caos estetizado y muestra algo más productivo: la forma concreta en que el mundo se desordena sin hacer escándalo.
Villar Rojas + Kati Horna
Hay un momento en el recorrido en que el museo se vuelve, sin metáfora, un set. La sala de Adrián Villar Rojas entra por escala y por escena. Un banquete escultórico sobre piso ajedrezado, figuras detenidas en gestos ambiguos, objetos híbridos, vegetación, mobiliario. No es “una obra” en el sentido clásico, es un mundo armado. Y cuando el arte contemporáneo arma mundos, suele hacerlo para mostrar el mecanismo: quién ordena, con qué jerarquías, con qué materiales y con qué restos.
El dato de origen importa porque define el ADN del proyecto. The Theater of Disappearance fue concebida para la terraza del Met en 2017, en diálogo directo con una institución que vive de clasificar y de sostener una narrativa enciclopédica. Villar Rojas trabajó con piezas patrimoniales, con departamentos del museo, con escaneo digital, CNC robótico e impresión 3D. Es decir, usó tecnología de reproducción para producir una “arqueología”. Y esa idea, si se la toma en serio, desplaza varias certezas: la antigüedad no como tiempo, sino como efecto.
La obra opera como una redistribución intensa de categorías. Lo egipcio, lo griego, lo utilitario, lo contemporáneo, lo decorativo, lo ritual. Todo mezclado en un mismo plano, como si la historia del arte dejara de ser línea para volverse mesa de trabajo. Villar Rojas no niega el museo: lo toma como material, lo absorbe y lo devuelve transformado. Donde el Met suele ofrecer orden por vitrinas y por taxonomías, acá aparece un orden por choque, por fricción, por montaje.
La materialidad del proyecto también habla. Pintura automotriz para generar variaciones lumínicas, una pátina de polvo inventada junto a su estudio, superficies que parecen venir de un futuro que simula pasado. Hay algo de ciencia ficción arqueológica, pero sin brillo futurista: más bien una temporalidad opaca, como si la ruina no fuera solo lo que queda después, sino algo que también puede construirse.
“Desaparición” no es destrucción, es transformación. Los objetos se desprenden de su función original y reaparecen en un universo alterado donde tiempo y memoria se reescriben.
Y el título, “teatro”, no es adorno. La escena está montada para ser leída como ritual suspendido. No es casual el banquete. El banquete es un dispositivo social de jerarquías, reparto, exclusión, exceso. En el museo, además, banquete resuena como acumulación cultural: colecciones, circulación de piezas, y también esa idea de “patrimonio universal” que organiza la historia desde criterios de autoridad.
La “desaparición” de la obra no es el chiste de lo efímero. Es un concepto más interesante. Las piezas se desprenden de sus clasificaciones y entran en una nueva mitología. El museo, que promete estabilidad (este objeto es esto, de tal época, de tal cultura), queda leído como un relato sostenido por acuerdos de autoridad. Villar Rojas desplaza esa autoridad, reescribe el estatuto de los objetos y nos invita a mirar el costado construido de toda narración histórica.
En ese gesto hay algo benjaminiano, pero por el revés: si la reproducción técnica erosionaba el aura, acá la tecnología produce una aura sintética, una antigüedad manufacturada que se presenta como si hubiera estado siempre ahí. No es que el arte “imite” el museo. Es que el museo aparece como una máquina de aura, una fábrica de sentido que depende tanto de sus procedimientos como de sus objetos.
Y la dimensión colonial y capitalista del patrimonio aparece sin necesidad de subrayado moral. Aparece en la propia operación: elegir zonas patrimoniales relegadas, objetos utilitarios, contradicciones institucionales. El orden imposible del mundo, en esta sala, deja de ser una frase filosófica y se vuelve una historia material: el mundo se ordenó muchas veces por expolio, por traslado, por vitrinas y por relatos que se naturalizaron con el tiempo.
Esta sala cumple exactamente lo que el texto curatorial promete cuando habla de monumentalidad como fuerza que organiza el espacio. Solo que organiza para proponer una lectura exigente, para meterte dentro de un sistema donde tu mirada no puede ser del todo “neutral”. Estás dentro de una escena donde la historia se comporta como collage, y eso deja una incomodidad productiva: si todo puede combinarse de formas inesperadas, entonces el orden que solemos llamar “cultura” también es un montaje.
El riesgo, si existe, es el riesgo de toda obra-mundo: que la escala se coma la pregunta, que el visitante se quede en la fascinación por la escena. Pero incluso esa posibilidad conversa con el tema, porque el museo puede volver experiencia a cualquier cosa, incluso a una obra que trabaja con sus propios mecanismos.
En la misma sala, Kati Horna mete una grieta temporal y afectiva. Sus fotos (1962–63) no se leen como documento sino como relato. Una figura femenina interactúa con objetos fetiche y arma una secuencia donde vida, muerte y deseo se rozan sin explicación. La cama deshecha, la máscara, la vela, la muñeca o la botella no son “props”: son disparadores de una lógica simbólica que desacomoda lo cotidiano.
Horna no necesita monumentalidad para producir mundo. Le alcanza con intensificar la escena doméstica hasta volverla extraña, casi ritual. Y ahí aparece una afinidad fina con Villar Rojas: ambos trabajan con la historia como montaje, solo que él monta museo y ella monta psiquismo. En lugar de taxonomías, atmósfera. En lugar de vitrinas, fetiches. La desaparición, acá, no es la del objeto en el archivo, sino la del límite entre lo familiar y lo siniestro.
Marcaccio
Después de Villar Rojas, aparece un símbolo que no necesita institución para tener poder: el dólar. Si el museo es una máquina de orden cultural, el dólar opera como una máquina de orden cotidiano. En Argentina, además, el dólar no es solo moneda: es clima, es superstición, es lengua paralela. Y Marcaccio lo toma desde ese lugar, como un emblema que organiza imaginarios por repetición y por peso simbólico.
En Dólares – Rapto Paintants (2007), el “símbolo duro” no es el dólar como idea abstracta de estabilidad, sino como materia de historia concreta. Marcaccio reproduce los 61 millones del rescate pagado en 1975 por el secuestro de los Born. El dinero aparece como bloque en devenir, ni pintura ni escultura del todo: más bien un objeto donde valor, forma e inestabilidad quedan pegados como una escena que no termina de asentarse.
Como argentinos, además, ese bloque no se mira desde lejos: se lee con el cuerpo entrenado por décadas de traducción cotidiana, de conversión simbólica y de cálculo automático.
Lo eficaz de la obra está en la literalidad bien usada. El dólar, ese símbolo que promete estabilidad, aparece como un cuerpo que se deforma, que pierde consistencia. En vez de seguridad, viscosidad. En vez de orden, un tipo de colapso material. Es una inversión simple, pero no simplona, porque el dólar en Argentina siempre tuvo una doble vida: promesa de estabilidad y síntoma de crisis. Marcaccio lo materializa como lo que muchas veces fue, una estabilidad sostenida por expectativas, por hábitos y por un componente inevitable de ansiedad social.
Hay también un comentario sobre circulación de imágenes. El billete es una imagen industrial, repetida hasta el infinito, diseñada para producir “confianza”. Marcaccio la somete a un régimen de mutación donde esa confianza se vuelve frágil, porosa. La obra no discute economía con datos; discute economía como iconografía.
Si en la primera sala el archivo era memoria y en la segunda eran señales urbanas, acá el archivo es emocional: crisis, inflación, tensiones políticas, historias familiares contadas en cotización. El billete funciona como unidad de medida de una sensibilidad colectiva. Y en ese sentido, Marcaccio introduce un “símbolo duro” que recorta la poética del desorden y recuerda algo básico: hay órdenes que no se viven como hipótesis, sino como marco. El mercado, en este punto, aparece menos como metáfora y más como infraestructura.
Este intermedio funciona como bisagra porque traduce el “orden imposible” a una materia reconocible, casi automática para el público local. El mérito es que no cae en la ilustración: no es “arte sobre la crisis”. Es arte sobre el modo en que un símbolo pretende organizar la realidad y termina revelando su propia vulnerabilidad.
Entre Villar Rojas y Marcaccio se arma un arco claro. Del museo como teatro de jerarquías históricas al dólar como teatro de jerarquías económicas. Dos máquinas de orden, dos relatos que muchas veces se presentan como naturales. Y en ambos casos, el arte hace algo parecido: no ofrece una salida, ofrece una mirada más nítida sobre la materialidad del orden. Nos muestra que el orden siempre tuvo cuerpo, y que ese cuerpo, tarde o temprano, deja ver sus grietas.
Sala Bianchi
Si las salas anteriores trabajan la inestabilidad como tema (archivo, ciudad, arqueología), la sala curada por Diego Bianchi la trabaja como método. Acá el “orden imposible” deja de ser una fórmula y se vuelve una forma de estar. Piezas que parecen en tránsito, apoyos que no ocultan su precariedad, relaciones que no se declaran definitivas. Proa, por un rato, se corre hacia una lógica de taller. O de laboratorio. O de depósito entendido como zona activa, en movimiento.
La decisión es fuerte porque vuelve visible algo que el museo, por su propia gramática, tiende a suavizar: que el orden es siempre un armado y que ese armado podría haber sido otro. En lugar de la sala como capítulo cerrado, aparece la sala como zona de prueba, donde las obras no quedan “resueltas” en un relato sino sostenidas por una lógica de urgencia, economías de recursos, operaciones rápidas que igual dejan marcas largas.
Al mismo tiempo, vale sostener la ambivalencia. El anti-cubo-blanco ocurre dentro del cubo-blanco. La precariedad aparece acompañada por condiciones de exhibición muy precisas: iluminación calibrada, circulación prevista, una estabilidad de base que permite que el ensayo exista. El museo se permite tensar su propia neutralidad sin perder su estructura. Ahí está parte del interés: la sala funciona como un ensayo de desorden y, a la vez, como una reflexión sobre lo difícil que es presentar lo precario sin que se vuelva forma.
Por eso conviene leerla por constelaciones, no por catálogo. No por su multiplicidad en sí, sino porque Bianchi arma un clima de relaciones parciales, rimas y cortocircuitos. La sala se entiende mejor como un mapa de fuerzas que como una lista.
Bandera, ideología, señalética
La política no entra como discurso. Entra como señal, como grafismo, como consigna, como instrucción. Y en ese pasaje se vuelve más ambigua: deja de funcionar como “mensaje” y pasa a operar como ambiente.
Red Flag de Jimmie Durham no presenta una bandera. Presenta el pedido de imaginarla. Una franja roja ondeando al sol, cambiando de tono entre rosa, naranja y púrpura. El símbolo, que suele venir con peso histórico y con vocación de orden, acá se desplaza hacia una posibilidad mental sostenida por una estructura mínima. La bandera existe, pero existe como hipótesis. Y una hipótesis, cuando se sostiene con tan poco, te obliga a mirar de nuevo cuánto de lo político se activa por pura fe visual.
El País 21.01 Make Me (America) Great Again de Dan Perjovschi trabaja desde otro borde. Usa el diario como soporte de choque. El eslogan aparece en su forma más contemporánea: portátil, repetible, diseñado para circular sin fricción. Pero la obra no es solo el dibujo. Es el roce entre la tipografía del mundo y el trazo del artista, como si la crítica política no pudiera hacerse más que así: escribiendo encima, en el margen, sin ilusión de página en blanco.
Bandera y consigna terminan funcionando como una señalética del mundo. Orientan, ordenan, administran pertenencias. Prometen comunidad mientras prueban sus límites. La sala no las borra: las desplaza de su lugar “natural” y las vuelve visibles como lo que son, tecnologías de orden que operan incluso cuando no terminamos de acordar qué nos están pidiendo.
Cuerpo, ansiedad, consumo
Si hay una zona donde el orden imposible se siente sin explicación es el cuerpo. Es el primer lugar donde el mundo se vuelve inviable. Cansancio, hambre, obsesión, gimnasio, dieta, suplemento, autoimagen. En esta sala esa tensión aparece sin atenuantes y sin necesidad de metáforas reparadoras.
No me siento bien (o Skinny Bitch) de Paula Castro empieza con un objeto demasiado familiar para pasar desapercibido. Una silla Monobloc lijada hasta quedar casi esqueleto. Todavía conserva la silueta, todavía se reconoce, pero ya no sostiene. Lo cómico dura poco: el título funciona como frase dicha en voz alta, directa, reconocible. Malestar como estado base. Mandato de delgadez como injuria ya incorporada. La obra no representa un cuerpo, pero opera como uno: un soporte que se adelgaza hasta el límite.
Patricia Ayres empuja esa lógica hacia una imagen más literal. En 14-5-18-5-21-19 el cuerpo aparece envuelto y suturado con metros de elástico. Un material que viene de la moda pero también del mundo médico y del mundo militar, tres ámbitos que conocen bien el arte de ajustar. El resultado es imponente y frágil al mismo tiempo, como si reparación y control compartieran la misma tecnología. El título numérico refuerza una sensación de clasificación, de código, de registro. No te ofrece una lectura: te deja frente al modo en que el cuerpo puede volverse objeto de medida.
S. t. de Nicanor Aráoz vuelve esa tensión más cruda. Calco directo del cuerpo, deformidades del molde, uniones abiertas. Una figura sin cabeza, rodeada por una cadena, con una sierra circular que empuja la escena hacia un borde ritual. Acá el error no se corrige: se incorpora como lenguaje. Lo que parece fallado es precisamente lo que insiste, lo que no termina de cerrar, lo que queda expuesto como cicatriz material.
Bianchi hace que esa fisiología se vuelva sistema. En Anabolismo y Caleidoscopio el cuerpo aparece como máquina y residuo al mismo tiempo, como si lo vital estuviera atravesado por una lógica de producción y descarte. En Lying Down Muscled la musculatura funciona como injerto: más que promesa de plenitud, aparece como dependencia. Un tanque de combustible recubierto de epoxi sostiene fragmentos de maniquí y una silla de ruedas. Cuerpo, prótesis y maquinaria quedan en la misma frase, como si la energía siempre estuviera mediada por soportes, por dispositivos, por reemplazos.
En este tramo el estado de urgencia deja de ser solo una estética de taller y se vuelve síntoma. Urgencia material, sí, pero también afectiva. El orden imposible no es solo afuera, en la política, la historia o la ciudad. También es adentro: disciplina, consumo, autoexigencia, y esa manera contemporánea de habitarse como si el propio cuerpo fuera un proyecto en permanente ajuste.
Esta zona se sostiene cuando evita la moraleja y también el golpe de efecto. No exhibe el malestar como tema: lo convierte en clima, en presión, en una forma de estar en la sala.
Material mínimo, gesto máximo
Hay una columna silenciosa en esta sala que no necesita subir el volumen para sostenerlo todo. Son obras que trabajan con materiales modestos o cotidianos y construyen sistemas de mirada desde la economía, como si la escasez no fuera una falta sino una ética. En ese registro, el desorden deja de ser una estética de taller y se vuelve una manera de afinar la atención. La sala respira mejor cuando se la lee ahí, en lo mínimo que insiste.
Fernanda Gomes opera con una poética de lo leve. Madera, clavos, blanco. La obra no se impone por escala sino por cómo hace vibrar la luz y las sombras en relación con el espacio. En el contexto de una sala donde el montaje podría volverse más enfático, su presencia funciona como un contrapunto. No hay estridencia, hay calibración. Te invita a bajar la velocidad.
Estructuras de la casualidad IV de Damián Ortega congela la inestabilidad sin convertirla en gesto romántico. Las esferas de yeso numeradas suspendidas arman un diagrama donde el vacío pesa tanto como la materia. Lo que parece accidente se revela como estructura. La casualidad no aparece como mito del azar sino como una ingeniería de tensiones. Verla es entender que el orden puede estar hecho de dispersión, y que esa dispersión no es un capricho sino una forma.
Con Mariana López la representación se desplaza al objeto. La pintura deja de funcionar como imagen y se vuelve réplica coloreada del mundo cotidiano. No remite a un referente ausente, lo sustituye. El espacio expositivo se vuelve un campo de simulación donde lo real y su copia comparten territorio. En esta sala ese gesto hace un trabajo fino, porque muestra que el orden también es una cuestión de reemplazos. Lo que creemos ver no siempre es lo que está; a veces es una versión ocupando su sitio.
Eduardo Costa entra con una claridad muy concreta. En Cuña blanca con objeto genitivo la pintura deja de ser superficie y se vuelve sustancia. Acrílico macizo, blanco denso, volumen. No hay ilusión de ventana, hay masa. Y el título agrega una trampa gramatical que funciona como recordatorio: ordenar el mundo también es ordenar el lenguaje que lo nombra. La abstracción no es un retiro de la realidad, es una forma de sintaxis.
Pablo Accinelli arma una frase como si fuera arquitectura precaria. Letras impresas en rollos de papel, sostenidas por bandas elásticas, una estructura que se mantiene en pie por una fuerza mínima. El mensaje se recompone caminando y cuando por fin se lee, lo que no se resuelve es el destinatario. Ese detalle es lo que lo vuelve inquietante. Lenguaje como señal pública y carta cifrada al mismo tiempo, algo que circula y, sin embargo, no termina de caer en lo común.
Este tramo sostiene la sala cuando la acumulación podría correrse hacia lo escenográfico. Ahí se entiende algo clave para toda la muestra: la potencia no depende de la escala. Depende de la exactitud del gesto y de cómo ese gesto afina tu modo de mirar.
Y cuando la sala gira hacia la identidad, el clima cambia sin necesidad de subrayado. El orden imposible también es el orden imposible del yo. No hay identidad estable que no sea, en parte, montaje. Self Portrait as Albino de Lynn Hershman Leeson instala una hipervisibilidad incómoda. La artista se fabrica como otro y devuelve, como espejo, el mecanismo de juicio y categorización del observador: esa reacción inmediata que muchas veces se presenta como “simple percepción”. La imagen funciona menos como representación y más como dispositivo, un micrófono visual para el ruido mental de quien mira.
Vestimenta II de Andrés Bedoya trabaja la ropa como interfaz entre cuerpo y entorno, entre protección y relato. La tela cosida y la chapa metálica se cruzan en una armadura incompleta que arrastra resonancias industriales, militares y mineras. La obra insiste en algo básico y difícil: no hay pureza posible. La identidad es un material compuesto, y lo compuesto siempre trae fricción.
En Fig. 5 Estefanía Landesmann usa el tono de diagrama para tensar la presunción de verdad fotográfica. La impresión inkjet vuelve objeto a la imagen. Lo que podría ser documento se vuelve fragmento material, y esa materialidad no garantiza nada: solo insiste. Una precariedad que no se presenta como carencia sino como condición.
Michael y yo de Marcelo Pombo arma un altar doméstico donde la devoción pop se vuelve autoidentificación. El collage con objetos cotidianos trae una sensibilidad que no siempre ocupa el centro de los relatos canónicos. Acá lo menor no funciona como precariedad. Funciona como estilo y afecto. Como una manera de pertenecer construida con recursos que ya vienen cargados de vida común.
En este punto la sala deja de ser solo un montaje singular y se vuelve una pregunta más grande. El museo no solo ordena obras, también ordena cuerpos y miradas. En una sala que ensaya desorden desde adentro, la pregunta vuelve con fuerza: qué se monta y desde dónde. El artista en el museo. El museo con el artista. El mundo con nosotros.
La sala Bianchi queda entonces como el lugar donde la muestra se mira al espejo. Pasa de hablar del desorden a ensayar desorden en el propio dispositivo expositivo. Y en ese ensayo, con todas sus ambivalencias, aparece lo más interesante: no una tesis cerrada, sino una fricción real.
La cabeza un poco más despierta
Me llevé, sobre todo, una experiencia rara pero valiosa. La sensación de que la exposición no intenta explicarme el mundo, sino afinarme la mirada. Y eso se siente como un lujo. Uno que todavía vale.
Lo que más me gustó no fue una obra puntual, aunque hay momentos de impacto fuerte, sino la manera en que el recorrido arma una idea sin volverla consigna. El orden imposible aparece como una serie de regímenes que cambian de textura a medida que avanzás. En el archivo, la promesa de permanencia llega con una especie de demora, como si conservar cargara siempre algo de duelo, incluso cuando se presenta como sistema. En la ciudad, el orden se vuelve señalética: un conjunto de gestos y marcas que orientan y fallan al mismo tiempo. En la historia, el museo se deja leer como montaje, reescribible, sí, pero con un costo, porque cada reordenamiento trae su dimensión institucional, política y afectiva. En la economía simbólica, el valor pierde su aura de estabilidad y se vuelve materia: un bloque que parece fijo y, sin embargo, no termina de asentarse. Y cuando llegás al taller dentro del museo, la urgencia deja de ser un tema y pasa a ser método. El anti-cubo-blanco se ensaya desde adentro, con la contradicción a la vista, sin necesidad de prometer una pureza imposible.
Si tuviera que sintetizar lo que se me quedó pegado, no sería qué “dice” la muestra. Sería qué tensión instala. Toda forma de orden es una negociación, y el arte contemporáneo, cuando está bien montado, no te entrega esa negociación cerrada. Te deja adentro, con las contradicciones funcionando y con espacio para sostener más de una lectura.
La muestra me gustó porque evita tanto el gesto de diagnóstico total como la promesa de salvación. Hace algo más concreto y, para mí, más útil: construye escenas donde la inestabilidad no se celebra como pose, pero tampoco se vuelve parálisis. En cada sala hay una manera distinta de sostener sentido sin clausurarlo.
Al final, el orden imposible queda como experiencia corporal. Caminar, rodear, acercarse, escuchar sin escuchar, leer sin leer, mirar objetos que parecen de otro tiempo y recordar que el tiempo también es una técnica. Salí con la cabeza un poco más despierta, que es, honestamente, una vara altísima y muy feliz para pedirle a una muestra.






