lunes, 29 de diciembre de 2025

Agustina Virili

Agustina Virili, Fragmentos del paisaje de la noche en que nos conocimos, 2025. Acrílico sobre lienzo, 90 × 150 cm.

Hay una experiencia muy concreta detrás de la obra de Agustina Virili: mirar la ciudad desde una ventana en movimiento. No es la postal nítida del turista ni la toma calculada del fotógrafo de arquitectura, sino esa visión borrosa de quien vuelve tarde a casa, observa por el vidrio del colectivo y registra apenas chispazos, un bar encendido, una esquina reconocible, un anuncio que pasa demasiado rápido.

A partir de esa mirada, Agustina construye un lenguaje propio entre fotografía, pintura y dibujo. Sus obras parten de imágenes tomadas en centros urbanos y las desplazan a distintos soportes como el acrílico sobre lienzo o papel, pastel a la tiza, lápiz de color, grafito. En el traslado, la escena se des-enfoca deliberadamente y las luces se convierten en manchas, los vehículos en trazos de color, los edificios en bloques casi abstractos. Lo que se mantiene es la sensación del movimiento, esa mezcla de velocidad y suspensión que marca la experiencia contemporánea de la ciudad.

En Suspensiones de tiempo, un paisaje nocturno se estira en un formato horizontal extremo. Los autos y colectivos quedan reducidos a franjas de color, las luces de giro a breves interrupciones amarillas, las sombras a masas oscuras que cortan la composición. No se trata de representar fielmente una esquina concreta, sino de captar el desfasaje entre lo que el ojo alcanza a registrar y lo que se pierde mientras el cuerpo sigue avanzando.

Algo similar ocurre en Fragmentos del paisaje de la noche en que nos conocimos, donde un cruce peatonal y una serie de focos y anuncios forman un centro de gravedad luminoso que absorbe el resto de la escena. Las líneas blancas de la senda, los reflejos sobre el asfalto y el resplandor casi cegador de las luces construyen un espacio reconocible pero inestable, como un recuerdo que se reescribe cada vez que alguien lo cuenta.

La serie de Bares de Buenos Aires lleva esa lógica a interiores teñidos de rojo y otras luces intensas. En pinturas como Bar en San Telmo o en la fotografía Bar en Palermo, el bar no aparece como escenario anecdótico, sino como campo cromático saturado donde figura y fondo se confunden. En algunos casos solo distinguimos la silueta de una persona; en otros, la escena se reduce casi por completo a manchas de color, como si el lugar existiera sobre todo en la memoria sensorial del ruido, olor, luz.

Los dibujos en lápiz de color y grafito funcionan como contrapunto. Pequeños formatos que condensan situaciones similares con una economía extrema de medios. Obras como Interferencias nocturnas o los Recortes de líneas de tiempo recogen fragmentos de viajes, ventanas y carteles, pero los traducen a tramas de líneas y valores, donde cada brillo está construido a fuerza de capas de lápiz. Lo que en la pintura es expansión cromática, en el dibujo es concentración y detalle.

En todos los casos, Agustina parece preguntarse cómo se construye la idea de paisaje cuando el cuerpo nunca está quieto. Sus obras cuestionan la noción de “escena urbana” como algo estable: acá la ciudad es un flujo continuo que solo podemos captar por fragmentos, un tejido de destellos que el ojo intenta recomponer a partir de restos. Esa tensión entre lo reconocible y lo indescifrable, entre el recuerdo y el ruido, es el lugar desde donde su trabajo piensa el presente.