

Por Julieta Ogando
Leonardo Lempel
Hoy en el Arte

Punk de precisión
Hay un cuerpo rígido, frontal, construido por módulos. Rojo, negro y gris. La silueta pertenece a ese repertorio visual que reconocemos antes de terminar de mirarlo, una figura de juguete ensamblable, de cabeza cilíndrica, manos en forma de garra y piernas articuladas. Pero donde debería haber plástico liso aparece una superficie tejida. La trama corta los colores, los vuelve porosos, casi pixelados. A la derecha del cuerpo queda un pequeño módulo separado, como si una pieza hubiese sido retirada del sistema sin llegar a desarmarlo. Esa imagen elegida para presentar Konflicto concentra mejor el problema de Leonardo Lempel que buena parte de las palabras con las que se intenta explicarlo.
La muestra, presentada bajo el nombre Kono y curada por José Luis Otiñano, puede verse durante septiembre en Hoy en el Arte, en Juncal 848. Lempel llega al espacio expositivo después de más de cuarenta años de trabajo en el universo textil, atravesado según el texto de presentación por el punk, el post-punk, el dark y la cultura gótica de los ochenta y noventa, además de una formación ligada a Milán, París y Londres. Ese recorrido importa porque Konflicto depende precisamente de una contradicción entre dos competencias que suelen imaginarse incompatibles. Por un lado, saber hacer demasiado bien. Por el otro, declararse heredero de culturas que hicieron de la interferencia, el ruido y el rechazo a la corrección una forma de existencia.
Lempel no teje como quien busca recuperar una artesanía perdida. La técnica aparece como dominio. Hay bastidores, peines metálicos, poleas, maquinaria y una relación sostenida entre operación manual y tecnología textil. Lo que sale de allí conserva una regularidad severa. Las formas geométricas encajan. Los planos cromáticos están contenidos. Incluso el cuerpo parece obedecer a una grilla previa. Esa disciplina vuelve extraño el vocabulario punk con el que se presenta la obra. Si uno espera rotura, desprolijidad o accidente, encuentra cálculo.
Ahí empieza a funcionar Konflicto.
La K del título ya realiza una pequeña alteración. “Conflicto” deja de escribirse como corresponde para acercarse a Kono, el nombre bajo el que Lempel firma su producción. Es una incorrección perfectamente controlada, casi un gesto de marca. Algo parecido sucede en las piezas. La iconografía contracultural entra al telar y sale disciplinada. La furia pasa por una matriz. La cultura visual que alguna vez circuló en discos, ropa, flyers, clubes y cuerpos adolescentes se convierte en patrón, superficie y objeto de exhibición. El procedimiento no consiste simplemente en citar el punk. Consiste en someterlo a una tecnología de precisión.
Por eso el aspecto más productivo de estas obras aparece donde podrían parecer menos rebeldes.
En la figura de la invitación, por ejemplo, Lempel parte de una imagen fabricada para ser reproducida infinitamente. El cuerpo del juguete existe porque puede repetirse, desmontarse, sustituirse. No tiene una anatomía irrepetible. Tiene piezas. La imagen está tan incorporada a la cultura de masas que su reconocimiento es inmediato. Al trasladarla al tejido sucede una inversión. Una forma nacida para la reproducción industrial adquiere una superficie cuya percepción depende de miles de cruces materiales. La figura sigue siendo serial en su iconografía, pero deja de comportarse visualmente como plástico industrial.
La vieja oposición benjaminiana entre original y reproducción se vuelve acá bastante más incómoda. Lempel no intenta restituirle “aura” a una imagen popular mediante el virtuosismo artesanal. Hace algo menos solemne. La reproducción masiva queda atrapada dentro de otra máquina. El ícono industrial atraviesa el programa del telar y vuelve convertido en textura. Una máquina traduce a otra.
Ese desplazamiento también permite leer la obra desde el aparato. Vilém Flusser pensaba la producción técnica como una negociación con programas capaces de determinar de antemano qué imágenes pueden aparecer. En Lempel, sin embargo, el programa no desaparece detrás de la imagen terminada. La estructura textil permanece perceptible. La trama funciona a la vez como materia y como sistema de representación. De cerca, el cuerpo reconocible amenaza con disolverse en ligamentos, intersecciones y pequeñas unidades cromáticas. De lejos, esas unidades vuelven a organizarse y la figura reaparece.
La semejanza con un píxel resulta tentadora, aunque sería demasiado sencillo convertir el tejido en una metáfora de lo digital. Lo interesante está en la diferencia. El píxel simula continuidad desde una superficie luminosa. El tejido fabrica continuidad mediante materia que efectivamente se cruza. Una imagen puede ampliarse hasta revelar su grilla. La otra puede tocarse.
Esa condición modifica también el cuerpo representado. La figura modular ya venía despersonalizada. Lempel la devuelve como cuerpo hecho de trama, pero no le concede carne. Sigue siendo intercambiable, frontal, casi heráldica. Los triángulos rojos y negros atraviesan torso, brazos y piernas sin respetar una anatomía. El patrón manda sobre el individuo.
Esto vuelve más convincente la dimensión política de Konflicto que las afirmaciones generales sobre “turbulencias políticas” incluidas en el texto curatorial. La obra funciona mejor cuando la política no necesita ser anunciada. Está en esa fricción entre singularidad y programa, entre cuerpo e inscripción, entre identidad individual y superficie previamente estructurada. Cuando el discurso intenta extender ese mecanismo hacia la memoria, la espiritualidad, lo sagrado, lo secular, lo público y lo privado de manera simultánea, empieza a exigirle a las piezas una cantidad de sentidos que la materialidad visible no necesariamente sostiene.
Ese exceso discursivo constituye uno de los puntos débiles de la muestra tal como se presenta. El vocabulario punk, gótico y post-punk corre además el riesgo de funcionar como certificado automático de incorrección. Después de cuatro décadas de circulación comercial, editorial y museística, esas estéticas también son estilos disponibles, archivos perfectamente absorbibles por el diseño y por el mercado. Vestir una obra de rojo y negro, citar determinadas imágenes o declarar una genealogía contracultural ya no garantiza conflicto alguno.
Lempel parece saberlo incluso cuando el texto que lo acompaña actúa como si no.
Su trabajo resulta más extraño cuando se observa cuánto control necesita para producir algo asociado históricamente con la pérdida de control. El punk aparece pulido. La máquina queda subordinada a una mano experta y esa mano, a su vez, depende de una maquinaria capaz de ejecutar regularidades que el cuerpo por sí solo no podría sostener. Artesanía e industria se contaminan hasta que resulta difícil decidir dónde termina una y comienza la otra.
También por eso conviene no pensar la trayectoria de Lempel como un abandono del diseño en favor del arte. Las obras conservan justamente aquello que podría suponerse superado por ese pasaje. Persisten la composición, el control del patrón, el conocimiento técnico de los materiales y una identidad visual construida durante décadas. En Konflicto, esa experiencia previa no funciona como lastre ni como simple antecedente profesional. Es la condición desde la cual puede trabajar sobre el margen de libertad que queda dentro de una estructura dominada.
Ahí la muestra encuentra una de sus ambigüedades más fértiles. El gesto contracultural no aparece como espontaneidad ni como ruptura espectacular, sino atravesado por años de oficio. El punk, el dark y lo neogótico llegan convertidos en archivo personal, sedimentados en una práctica que ya no necesita imitarlos literalmente. Quizás por eso el conflicto más preciso de Lempel ocurre entre impulso y método, entre una iconografía asociada al desacato y una técnica que exige paciencia, repetición y control. La obra no resuelve esa contradicción y tampoco parece necesitar hacerlo.
La imagen del pequeño cuerpo tejido vuelve entonces a adquirir peso. Está armado, reconocible, contenido por una geometría exacta. A un costado queda una pieza separada. Puede ser resto, desprendimiento o la posibilidad de otra configuración. La figura todavía se sostiene, pero su integridad ya dejó de ser absoluta. En ese intervalo mínimo entre lo que encaja y lo que podría volver a moverse, Konflicto encuentra su mejor lugar.
Fotos por Tadeo Bourbon.






