Lo raro es siempre más cierto
sábado, 24 de enero de 2026
Campo, círculos y partituras descompuestas: el collage como libertad y reinvención en la obra de Millaray Gavilán
Hace unos días volví a visitar a Millaray para ver obras en un encuentro íntimo. El título del encuentro tomaba una frase de Silvina Ocampo: “lo raro es siempre más cierto”. La cita funcionó como marco, pero no como consigna: lo “raro” en su obra no aparece como gesto forzado sino como consecuencia de una búsqueda sostenida de libertad.
Esta vez, además, pude conversar con la curadora Roxana Punta Álvarez sobre esa elección. Para ella, la frase funciona porque la obra de Millaray es “diferente” incluso dentro del collage: en lugar de limitarse al recorte y pegado, construye una base previa (óleo y luego grafito) y recién después recorta y reordena formas, lo que le da una profundidad poco habitual.
Esa idea de diferencia también se trasladó al montaje. Roxana buscó evitar la colgada típica de pared o acrílico y pensó la instalación desde el espacio mismo de la casa: un recorrido más ajardinado, entre plantas y árboles, para que la obra respirara afuera y no quedara domesticada por un dispositivo estándar.
El montaje al aire libre, como suele pasar cuando se decide salir del cubo blanco, exigió trabajo extra: viento, humedad, ajustes materiales. Sin volverlo anécdota técnica, esa resistencia del dispositivo importa porque acompaña la poética general: sostener una obra delicada en un entorno vivo, variable, no neutral.
Si hubiera que ubicar un punto de partida de su trabajo, Millaray lo dice sin vueltas: el campo. “Uno de los lugares que me atrapa es el campo y su magia. Su luz tan particular, como huele, los animales y el paisaje se convierten para mí en geometría en movimiento, en manchas de colores.” La naturaleza no es tema decorativo, es método de percepción. El paisaje se traduce en forma, ritmo, mancha, línea.
Antes de la abstracción, dibujaba escenas para sus nietos: “sapos remando, sapos en el agua, pájaros, siempre en la naturaleza”. Lo que quedó de ese momento no fue la anécdota, sino una fidelidad: la naturaleza como fuente inagotable de inspiración. El tránsito hacia otra forma de trabajo aparece como un cambio real en la mano y en la mirada, detectado incluso desde afuera.
Recuerda estar en el taller con su maestro Eulogio de Jesús y empezar a trabajar diferente. En el lienzo aparecieron manchas de colores grandes y chicas, rayas delgadas y otras más gruesas. La respuesta del maestro fue inmediata: desconcertado, le preguntó si había pasado algo ese verano que quisiera contar. Millaray lo define hoy como una decisión: la abstracción fue por elección.
Esa elección está atada a otra palabra que repite, y que en ella no suena a mantra: tiempo. Cuando habla de reinventarse, se refiere a tiempos personales. Reinventarse implica, en lo concreto, dejar de pensar tanto en la necesidad de otros, volver a pensar en sí misma, desempolvar lo que la apasiona y dedicarle el tiempo que requiera sin culpa. La brújula es clara: cuando se pierde el entusiasmo por una etapa, se necesita desafío. Cada obra es única y necesita nuevos horizontes.
Su proceso es el collage, pero lo describe menos como técnica que como actitud. No hay receta fija. Es indistinto, según la obra es lo que aplica. La libertad es condición y también consecuencia. En el arte encuentra libertad, por lo tanto nace la espontaneidad. Entre las partes del proceso, elige cortar y componer. Y si hubiera que resumir su relación con el control, lo dice con una frase simple: eso implica que no haya reglas de ningún tipo.
El error, lejos de ser un problema, entra al sistema como material. Si aparece un error, es bienvenido y lo acepta, forma parte. Para ella el arte es como la vida misma, frente a una situación adversa hay que encarar y resolver. La obra no se salva del mundo: lo imita, lo absorbe, lo reorganiza.
El círculo, en su caso, no es capricho formal. Aparece casi siempre. Le interesa por su condición elemental, no tiene principio ni fin. El círculo para ella es bueno porque es infinito. Y el formato, lejos de limitar, acompaña, es parte de la obra, no la limita. La geometría, entonces, no es un corset sino un desafío constante.
En esa misma línea apareció, durante el encuentro, un cruce inesperado: una soprano habló de su obra como si operara con lógica de escritura musical. Millaray se quedó con esa lectura y la adoptó con alegría: “me encantó su asociación… ‘partituras descompuestas’ las llamo. Es genial.” Si su trabajo tuviera tempo, lo ubica en un adagio. Y si hubiera que decidir dónde está el silencio: en el fondo.
En mi visita a su taller terminé de ver como se construye una autoimagen que no pretende definición definitiva, sino estado: Millaray se ve como una artista pasional, versátil y libre, y en constante reinvención. Al final vuelve a lo concreto, el lienzo como prioridad, el corte y la composición como motor, y el error como parte del sistema. En esa combinación reconoce su libertad.
Fotos por Coral Scherb.




