
Gesto Subliminal
Mar 13, 2025
El pastel no siempre es dulce. Gesto Subliminal nos sumerge en un universo donde la materia y la forma parecen atrapadas en una tensión entre la inocencia y el exceso, entre lo tierno y lo monstruoso, donde lo blando es pesado y lo grotesco se adorna con colores pastel. La muestra, protagonizada por Fernández, Hilger y Medús, construye un lenguaje visual que parece derivar tanto de la repostería como de una pesadilla infantil: construye un imaginario entre la ternura y la deformidad, habitando un espacio donde lo kitsch no es solo un gesto estético, sino una estrategia de tensión entre lo familiar y lo inquietante. Pero aquí no hay una división clara entre el juego y la distorsión, sino una convivencia entre ambos: una ternura que se desborda y se derrite, revelando algo que no es enteramente amable.
La primera impresión es engañosa. Hay algo casi inocente en estas esculturas y dibujos: colores suaves, formas esponjosas, superficies que recuerdan a una confitería de otro mundo. Pero al acercarse, la materialidad del exceso se impone. No hay aquí un juego ingenuo, sino una exploración de lo abyecto envuelto en una capa de merengue. ¿Es el exceso una forma de resistencia? ¿O es el residuo de un mundo que no sabe detener su propia producción de imágenes y formas?
Las piezas parecen estar en el borde de la disolución, como si fueran reliquias de una fiesta que ha pasado su punto de celebración para entrar en la zona del desborde. Fragmentos de cuerpos, objetos desterritorializados, montañas de materia sin función aparente. La relación con la memoria y la corporalidad se vuelve clave: las obras no están simplemente “terminadas”, sino que encarnan procesos en suspenso, donde el tiempo y la acumulación se hacen visibles.
Una de las claves que une a estos artistas es su forma de trabajar el error. No hay correcciones, no hay borrados: cada accidente es absorbido por la obra y sobre-trabajado hasta convertirse en parte esencial de su estructura. Lejos de la cada vez más común obsesión por la limpieza, la edición y la perfección, esta insistencia en lo que no se elimina resulta casi un manifiesto. El error no es un desvío, sino un rastro del proceso, un testimonio del hacer.
En el texto curatorial, Pannucci habla de “memoria corporal”, de la acumulación de experiencias en la materia. La idea resuena en las texturas y los materiales: la cerámica que recuerda a glaseados imposibles, los objetos quebrados que no son descartes, sino monumentos a la falla. ¿Qué nos dice este uso del material sobre la construcción de la belleza y la identidad? En una época de producción acelerada y de imágenes estandarizadas, Gesto Subliminal parece detenerse en el acto de acumular, de aceptar lo roto y de encontrar placer en lo que no encaja del todo. La nostalgia también se despliega en capas. Algo en estas obras nos transporta a una infancia que quizás no es exactamente nuestra, pero que nos resulta familiar. Están presentes los adornos de porcelana que muchas veces vimos en la casa de una abuela, frágiles y acumulados en vitrinas que parecían templos de lo intocable. Están también esas ilustraciones enciclopédicas antiguas, en las que la precisión científica se mezclaba con una estética inquietante, generando imágenes entre lo instructivo y lo pesadillesco. Y entre todo eso, aparecen pequeñas figuras que nos recuerdan al Topo Gigio, a los álbumes de figuritas de los ‘70s como Cachorritos, con esos animales de peluche de ojos vidriosos que parecían mirarnos desde otra dimensión.
Hay algo de ese imaginario de la infancia que se niega a crecer. Pero no desde un lugar de idealización, sino como un espacio en el que lo naif se mezcla con lo perturbador. Una nostalgia de la que no se puede escapar, como cuando de adultos volvemos a esos objetos de la infancia y descubrimos que lo que alguna vez fue cálido ahora tiene un aire inquietante. Como si el subconsciente nos jugara una trampa y dejara entrever lo que siempre estuvo latente bajo la superficie.
La materialidad de estas piezas refuerza esa sensación de ambigüedad. La transformación de adornos mediante el yeso de colores pasteles evoca técnicas como el kintsugi japonés, donde la cerámica rota se repara con barnices dorados, resaltando sus fracturas en lugar de ocultarlas. Pero aquí la reparación no es un acto de restauración solemne, sino de acumulación desbordada. Las fracturas no se celebran con oro, sino que son tragadas por una masa viscosa de color que hace que el objeto original pierda su identidad y se convierta en algo completamente distinto.
Las referencias a lo monstruoso y lo deforme no son casuales. Si la historia del arte ha impuesto ciertos cánones de belleza, esta muestra los subvierte, los usa y los desarma. Aquí, la deformidad no es un accidente ni un defecto, sino una condición. La monstruosidad no es un gesto de provocación, sino un lenguaje propio. Las figuras se apilan y se funden en formas orgánicas que parecen sacadas de una enciclopedia de historia natural ilustrada a mano, como si fuesen organismos de un mundo paralelo. Es interesante pensar que en este sentido, la muestra se inscribe en una línea de exploraciones contemporáneas sobre lo grotesco, el exceso y la performatividad de la materia.
En última instancia, Gesto Subliminal nos enfrenta a la pregunta fundamental: ¿qué significa la belleza hoy? Y más aún, ¿qué papel juega el gesto en su construcción? Si cada obra es un residuo, un testimonio de una acción, de un proceso, ¿es el arte una forma de contención o de liberación?
Las piezas de Fernández, Hilger y Medús dejan abierta la posibilidad de un significado que se derrite, que se fragmenta, que se deforma. Un significado que, como el gesto que lo origina, nunca se completa del todo.