
Caleidoscopio Rojinegro
Mar 22, 2025
En un rincón oscuro, suave como útero y punzante como bisturí emocional, se desplegó la muestra Caleidoscopio Rojinegro, un dispositivo sensorial que late y nos confronta.
Organizada con fuerza gestora y mirada curatorial por dos curadoras emergentes, la propuesta reúne a cinco artistas que nos invitan a entrar (literalmente) en una matriz: hay sangre, hay sombra, hay cuerpo. Y hay un deseo evidente de hacer del arte un acto vital, de esos que no se piensan mucho pero se sienten en la boca del estómago. O del corazón.
Desde piezas pictóricas que utilizan la sangre como pigmento alquímico hasta instalaciones tejidas con cobre y órganos simbólicos, la muestra trabaja con dos hilos principales: uno corporal y otro atmosférico. ¿Qué sucede cuando lo íntimo se vuelve escenografía compartida? ¿Cómo se puede hablar del dolor sin estetizarlo, sin congelarlo?
El gesto pictórico, en especial en las obras donde el cuerpo se presenta fragmentado, cosido, o incluso crucificado, se vuelve crudo pero nunca gratuito. Las referencias a lo anatómico no buscan el escándalo sino la resonancia; en su trazo tembloroso, encontramos una cartografía emocional que habla de género, identidad, violencia y deseo. Una herida, sí. Pero abierta con intención quirúrgica, no con morbo.
La instalación de velas, rosas secas y botellas vacías, montada como altar secular, es otro punto de fuerza. Un lugar donde la feminidad se vuelve liturgia laica: lo sensual, lo decadente, lo brujeril. ¿Qué nos dice esta estética barroca y precaria, en un tiempo donde lo femenino aún se mide por su productividad o domesticación?
Hay también algo en juego con la visualidad cinematográfica: la serie de fotos de inspiración gótica dialoga con las sombras teatrales de otras obras, y hasta la pieza proyectada en la maqueta de una casa miniatura propone otra forma de intimidad visual: lo doméstico como archivo de lo siniestro.
Lo que Caleidoscopio Rojinegro propone no es una respuesta sobre lo que es ser mujer, ni una estetización más del dolor femenino. Lo que ofrece es un umbral: una experiencia sensorial, casi ritual, donde el espectador es convocado no solo a mirar, sino a habitar la incomodidad, la ternura, el espanto. ¿Qué pasa cuando el arte no se limita a representar una emoción, sino que nos obliga a transitarla?
Tal vez eso sea lo más poderoso del proyecto: su forma de resistirse a los formatos, su valentía para decir sin recursos espectaculares que el arte todavía puede ser un gesto vital, hecho con lo que se tiene a mano, con lo que duele, con lo que arde.
Y, sobre todo, con lo que pulsa.