Por Julieta Ogando

Desde la Casa/Taller de Nicola Constantino

Desde la Casa/Taller de Nicola Constantino

Desde la Casa/Taller de Nicola Constantino

Nicola Constantino

Taller PaRDes

11 mar 2025

BELLEZA VORAZ Y NATURALEZA MUTANTE

Desde la primera vez que vi una obra de Nicola Costantino, quedé atrapada en un vaivén entre fascinación y perturbación. Fue en el Palacio Libertad—ex CCK—donde su imaginario se imprimió en mi memoria para siempre. En ese momento, algo en su universo me remitía a The Cell, esa película donde el horror y lo onírico se entrelazan en escenarios barrocos, excesivos, cargados de pulsiones primitivas. Pero lo de Nicola es algo mucho más palpable. Su obra crea una tensión entre el placer estético y la perturbación, en esa atracción irremediable hacia lo que incomoda.

En la obra de Costantino, esa intensidad se traduce en una iconografía que no teme sumergirse en los infiernos—los pictóricos, los mitológicos, los internos—y que toca una fibra que, en mi caso, siempre estuvo latente: la obsesión por la muerte, la transformación y la reconfiguración de los cuerpos.

En ese momento lo que me atrapó de su trabajo fue esa conexión profunda con la iconografía de los imaginarios que desde muy chica me obsesionaron: las representaciones bíblicas del infierno y el Apocalipsis. Sus piezas parecían alimentar un interés que hasta ese momento solo había vivido internamente. Y ahora, conocer su taller fue abrir una puerta a su mundo, un espacio donde la naturaleza—viva y muerta—se entrelaza con una técnica impecable y el pensamiento detrás de cada imagen.

El cuerpo como territorio, la naturaleza como metáfora

El trabajo de Costantino se despliega en múltiples soportes: cerámica, textil, instalaciones, video, incluso hermosísimos gusanos de seda. Su obra oscila entre lo orgánico y lo artificial, lo vivo y lo muerto, explorando los ciclos de transformación y decadencia. No es casualidad que la carne, los animales, las pieles y los cuerpos fragmentados sean una constante en su producción. Hay algo en su forma de representar la materia que evoca la pintura flamenca, las naturalezas muertas del Barroco y las vanitas del siglo XVII, pero con una necesaria capa de significado contemporáneo.

Esa pulsión por lo efímero y la transformación también se siente en sus reversiones de obras clásicas. Tomar géneros como la naturaleza muerta y resignificarlos es más que un gesto estético: es una reivindicación. Su trabajo no solo rescata estas tradiciones, sino que las reescribe con una poética visual propia. En sus instalaciones, el tiempo se condensa y la imagen se vuelve un umbral entre lo simbólico y lo real.

El cuerpo, el artificio y la herencia pictórica

Si algo define la obra de Nicola Costantino es su capacidad de resignificar imágenes que forman parte del imaginario colectivo. Su reinterpretación de la naturaleza muerta y la estética de los bodegones flamencos nos recuerda que la putrefacción y la belleza son inseparables. Flores carnosas que parecen salidas de un invernadero infernal, vajilla que muta en objetos escultóricos, torsos fragmentados que evocan el manierismo más extremo: cada una de sus piezas sostiene una tensión entre lo barroco y lo quirúrgico, entre la seducción y el exceso.

Costantino entiende que el arte debe dar placer estético, pero no se trata de un placer superficial ni meramente ornamental. Es un placer que despierta la piel, que atrapa la mirada y que, en ocasiones, roza el morbo. Hay algo en sus composiciones que genera un placer visual inmediato, como si cada elemento estuviera dispuesto con una precisión matemática para provocar una reacción visceral. Su obra no se queda en lo decorativo ni busca ser complaciente: es hipnótica porque arrastra al espectador a un umbral donde la forma y el significado están en disputa. Las texturas hiperrealistas de sus piezas parecen desafiar los límites entre lo vivo y lo inerte, mientras que sus ensamblajes de cuerpos fragmentados y naturalezas híbridas plantean una reflexión sobre la materialidad y la identidad.

Entre el Edén y la metamorfosis: cuerpos, naturaleza y artificio

Las imágenes del infierno han sido una obsesión recurrente en la historia del arte (y en la mía), desde las miniaturas medievales hasta las visiones dantescas de El Bosco. Costantino toma ese imaginario y lo reconfigura con un lenguaje que es profundamente contemporáneo. En su taller, el horror y lo orgánico conviven en perfecta armonía: cuerpos invertidos, animales en posiciones imposibles, flores que parecen devorar el espacio. Su obra no es un simple ejercicio de provocación, sino una forma de enfrentarse al ciclo de vida y muerte con una poética que es tan precisa como salvaje.

Si El Jardín de las Delicias de El Bosco presenta al espectador un mundo donde el Edén, el goce terrenal y el Infierno coexisten sin una jerarquía clara, en la obra de Nicola Constantino esa dualidad se vuelve aún más ambigua. No hay un destino fijo ni una narrativa lineal: todo parece estar en transformación perpetua. La naturaleza no es solo el fondo, sino un cuerpo mutable que se abre, se pliega y se reproduce con la misma cadencia orgánica de la piel, la carne y el deseo.

Por otro lado, sus personajes fotográficos, con una androginia calculada, escapan de una identidad fija: cuerpos híbridos que desafían la clasificación, en escenas donde lo fotográfico se vuelve performático. Para Nicola, la fotografía no es solo registro, sino acción, gesto e intervención sobre la imagen.

Al igual que en sus cerámicas y mosaicos, donde la serie no resta valor a la obra sino que la amplifica, en sus fotografías el concepto de reproducción abre nuevas capas de sentido. No hay una única imagen definitiva, sino un proceso en el que la materia –ya sea piel, seda o arcilla– está en constante negociación entre lo que fue y lo que está por venir.

La materia como legado: perfección, memoria y permanencia

Nicola Costantino encuentra en los materiales una dimensión que va más allá de su utilidad o apariencia: los entiende como entidades con una historia y un peso simbólico propio. Para ella, la seda es un ejemplo de perfección absoluta, un material que no necesita intervención alguna para alcanzar su máxima expresión. No se trata de transformarlo, sino de reconocer su excelencia tal como es.

En contraste, la cerámica le ofrece otra relación con la materia, una conexión con lo ancestral. Trabajar con arcilla implica tocar una sustancia que ha estado con la humanidad desde siempre, que ha pasado de ser herramienta y utensilio a convertirse en arte. Hay algo casi ritual en ese contacto, en la manera en que la cerámica se moldea, se hornea y se convierte en un objeto que puede durar siglos.

Su exploración con la arcilla no es solo técnica, sino también filosófica: una reflexión sobre la permanencia, sobre cómo los materiales nobles han acompañado a las civilizaciones y siguen teniendo vigencia en un mundo que cada vez produce más rápido y olvida con la misma velocidad.

El valor de la repetición y la belleza del accidente

Entre las múltiples técnicas que Nicola Costantino domina con una precisión casi quirúrgica, hay una en particular que desarma cualquier noción rígida sobre la unicidad en el arte. El método cerámico oriental nerikomi (練り込み), permite que una misma imagen se replique en múltiples piezas mediante la compresión de formas de arcilla coloreada. Cada corte revela un patrón idéntico, como una huella genética multiplicada en serie. Pero lejos de reducir la obra a un simple ejercicio mecánico, Costantino desafía la idea de que la repetición resta singularidad: en su universo, lo seriado no es sinónimo de lo industrial, sino de una técnica impecable que convierte cada fragmento en parte de un todo.

A la par de este dominio absoluto de la forma, la artista también ha decidido abrir un diálogo con la fragilidad del material. En su trabajo con mosaicos, ha incorporado aquellas piezas que se rompen en el proceso, resignificando el error y dándole lugar a lo imprevisto. No es un accidente corregido, sino aceptado: una manera de integrar el destino de cada fragmento en la estructura final. En esta tensión entre control y caos, precisión y quiebre, Costantino vuelve a recordarnos que la materia no es estática, y que en cada fisura también hay una posibilidad de belleza.

Para variar, porque el arte contemporáneo a menudo se diluye en discursos insustanciales, la obra de Nicola Costantino se erige como un manifiesto visual que nos enfrenta con lo inevitable: la transformación, la decadencia y la eterna búsqueda de la belleza, incluso en lo más oscuro. Su talento técnico es innegable, pero lo que más impacta es su manera de construir ideas auténticas, de habitar su propio universo visual sin concesiones.

Entrar en su taller fue como entrar en un delirio materializado, un espacio donde cada objeto esconde una historia de mutación y cada imagen es una puerta a un mundo sin retorno. Un universo donde la vida y la muerte se dan la mano en un baile eterno.

Y sí, espero volver. Porque hay mundos que no se recorren una sola vez.

Esta foto captura el ambiente general del espacio de la feria MAPA durante el evento. El lugar, caracterizado por su arquitectura industrial, está lleno de asistentes que se mezclan y ven las obras de arte. La configuración incluye varias obras de arte exhibidas a lo largo de las paredes blancas de la galería, iluminadas por la iluminación del lugar, contribuyendo a un ambiente vibrante y atractivo.

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